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¡YO NO TOCO ESE BICHO!


 

Buena parte de la generación que fue a la escuela primaria en los 60 tenemos una foto como esa. En la mía aparezco semisentado en una mesa simulando hablar por teléfono. Era una foto típica que marcaba una época y centraba temporalmente al retratado.




Me gusta tenerla como recuerdo de esa época y al volver a verla por enésima vez he recordado una historia del teléfono de la misma época que se repetía ante mí con cierta frecuencia y que tenía al teléfono como protagonista pasivo.


Pongamos pues que en 1967, a las traseras de mi casa-comercio, huerto de Doña Adela por medio, había una almazara. Efectivamente, Logrosán tuvo dos almazaras, y hasta tres. 


La maquinaria me impresionaba por su tamaño y el ruido que armaba. Pero me llamaban especialmente la atención las placas de fundición que identificaban a su fabricante y su ciudad de origen: Córdoba.


El que les escribe no era tan repipi como para interesarse por el proceso productivo que allí tenía lugar. Con esa edad, lo más interesante de la almazara de al lado de mi casa, era que en ella crecía o se almacenaba una extraña planta que te ponía preao (1) de un rojo indeleble. Un par de años conseguimos llevarnos a escondidas algunos tallos y cuando los echamos a la luminaria parecía que era el mismísimo Pedro Botero el que había llegado a atizar la lumbre. Pero poco más sabía de esa almazara, salvo que allí llegaba aceituna y salía aceite, vamos, como la jota de Olivenza. También había otra cosa de olor pestilente, pero de eso la jota no habla.


No sé si, en calidad de copropietario, encargado u hombre de confianza, el caso es que, rodeando por las calles Margallo y Portales, llegaba al comercio de mi padre un hombre bien percheao (2), casi siempre de oscuro. No podía decirse que hablara de una forma culta, pero sí muy por encima de la media. Para esta historia su nombre será Don Alfredo Morillo.


Mi casa, recién construida un año antes, se comunicaba con el comercio y su trastienda. La conciliación de la vida familiar y laboral se sustanciaba en “la ventanilla”, que no era otra cosa que un hueco, del tamaño de una tablet grande, practicado en el tabique divisorio entre el comercio y “la salita”. Bajo el modesto nombre de “la salita” se ocultaba todo un centro multiusos por descubrir todavía en los mejores palacios de congresos de la época.


La salita se adaptaba según necesidad a: 

 - sala de espera para visitas, 

 - centro de observación disimulado entre la Maicena y el Tapioca de lo que pasaba en el comercio, 

 - despacho del que salían cartas que acababan en “s.affmo.s.s.q.e.s.m Orellana del comercio”, 

 - sala de reuniones tanto privadas como profesionales, 

 - locutorio telefónico privado,

 - comedor cuando sólo estábamos los tres, 

 - salón de TV cuando los Andrada trajeron la primera Philips en la que por fin pude ver “Viaje al fondo del mar”,  y

 - botiquín cuando Don Amaro nos visitaba con su fuego purificador de jeringuillas, también multiusos.


La ventanilla tenía un habitante: el teléfono. Su ubicación le atribuía un carácter dual, a caballo entre lo público y lo privado. El número de teléfono 2 de Logrosán había cumplido servicio previamente en la Fonda Loro que, por motivos obvios, se había dotado de este adelanto para el servicio y disfrute de su selecta clientela. 


El comercio de Orellana había heredado por vía conyugal tan singular número “el 2”, superando en abolengo a la Caja, La Banca Sánchez o hasta al propio Ayuntamiento. Sólo la familia Hoyos, industriales punteros, superaron al binomio Loro-Orellana en esa carrera por la modernidad. Ellos lucían el número 1 en esa carrera por la tecnología que yo suponía como si fuera la del turista 1.999.999 de la canción con la que aquel año triunfaban LOS STOP.


Pero habíamos dejado a Don Alfredo entrando en el comercio de mi padre, procedente de la almazara. Eran las doce menos cuarto, verano y pude contemplar, como tantas otras veces, la escena completa (o casi). El diálogo se repetía admitiendo pocas variaciones:

 

 - Qué te trae por aquí Alfredo.


 - Pos na, lo de siempre, José!. Pero tú atiende atiende, que yo no tengo prisa.


 - Pasa a la salita y refréscate, está ahí el barril y el ventilador en marcha.


Sin hacer caso a la invitación, echaba el rato Don Alfredo en husmear las novedades del comercio y animar a su manera a José en sus conatos de innovación.


 - Esos de Trujillo te van a arruinar, entre el Rojo con los DONANOS y el Barrado con sus cacharros del butano, cualquier día vas a jocicar.


En cuanto veía el hueco por el que colarse, deslizaba Don Alfredo el propósito real de su visita.


 - Iba yo a avisar a Don Fernando de que ya tiene el aceite preparao pa que mande un propio a recogerlo.


José, sin alterar el tono mientras agarraba con decisión la bacaladera, se daba por enterado y, tras golpe de gracia a la pieza traída de Terranova, contestaba cansinamente de un tirón:


 - Anda, coge tú mismo el aparato ahí por dentro, desde la salita. Mientras termino yo de atender a la parejita que se tienen que volver a los Poyales antes de que se les derrita la burra.


Contrariado por la respuesta e ignorando definitivamente a la pareja …


 - Díselo a tu muchacho, que él sabe y está ahí tirao en el suelo como un gandul sin hace na.


Cuando José insistía a Alfredo sonaron los primeros acordes del Angelus y el muchacho (servidor) saltó del suelo como demonizado, al tiempo que gritaba corriendo a trancajillones (3).


- Las 12, me voy con el primo a la piscina.


Yo ya sólo pude oír a Don Alfredo decir a grito pelao: 


 - ¡YO NO TOCO ESE BICHO!


JMGOL60


Septiembre 2019


 


(1) preao - muy sucio


(2) bien percheao - bien vestido


(3) corriendo a trancajillones - corriendo con pasos muy largos



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