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CAPÍTULO 10: EL PROYECTO

Updated: Mar 5


 

EL VAGÓN QUE LLEGÓ ¿Cómo quedó el Capítulo 9?

 

El Ingeniero continúa relatando al Coronel las relaciones de las familias de Guadalupe y Bastianne y cómo su interés por el ferrocarril va creando lazos cada vez más fuerte entre la joven pareja y sus respectivos padres. Llegan de paseo al cruce de Valdecaballeros y desde allí toman el camino vecinal hacia la estación de Cañamero.

 
 

Ambos colgaron el teléfono simultáneamente. Al momento apareció el señor Loro que entraba abriendo la puerta del despacho con la espalda lentamente para después girarse. Entonces pudo ver Don José que el dueño de la posada portaba en sus manos una bandeja que aparentaba contener un menú completo.


  • Joder Eugenio, ni que estuvieras mirando por un agujerito.


  • En todo caso, sería escuchando, pero, … ¿Qué le hace suponer que no lo estaba haciendo?


  • Tu y tu salero de Logrosán. Lo que te gusta explorar los límites.


  • Y usted, ¿Es que ahora hace uso del lenguaje cuartelero?


  • ¿Lo dices por el joder que se me ha escapado?


  • Lo digo porque tenga cuidado con las nuevas compañías. Y sepa que escucho el mínimo imprescindible para poder cuidar de usted. Pero no, no estaba escuchando.


  • Más vale. Ya soy mayorcito.


  • Cierto, pero aquí usted es como un itsmo.


  • ¿Qué quiere decir, Eugenio?


  • Que usted está rodeado de enemigos por todas partes menos por una, que soy yo. En ese afán de cuidarle, yo estaba atento al sonido que hace el teléfono de la escalera cuando se cuelga el de dentro. Suponía que le apetecería comer en el mismo despacho y, cuando ha sonado, tenía esperando su comida caliente junto a la lumbre y me he permitido entrar con la bandeja.

  • Le agradezco su iniciativa, pero preferiría comer en el comedor de fuera.

  • Ya le digo yo que usted no va a querer comer fuera, lo que ocurre es que aún no lo sabe.

  • ¡Eugenio! Le ruego que me tome en serio y no me lie con adivinanzas.

Dijo el Ingeniero, enfatizando el tratamiento de usted que nunca usaba con el señor Loro y elevando el tono de voz.

  • Don José, el comedor está de bote en bote, ya sabe, la bula. Pero eso no sería un problema tratándose de usted. La cosa se complica si le digo que, del mismo manojo de espárragos del que han salido los de su tortilla de tres huevos, están saliendo ahora los que se van a comer don Alfredo y un afamado periodista de Badajoz.

  • Que rebuscado eres Eugenio, pero tienes razón, como siempre, tienes razón. Esta claro que no quiero comer en el comedor de fuera. A ver. ¿Qué tenemos de menú?

  • El señor Loro fue colocando sobre la mesa todo lo que traía en la bandeja e, ignorando la pregunta del señor Loro, dijo:

  • ¿Ya se lo ha contado?

  • ¿A qué te refieres, Eugenio?

  • Don José, conmigo no tiene que disimular, yo juego en su equipo, visto una camiseta del mismo color que la suya y le doy puntapiés a la pelota en la misma dirección que usted. Pero coma, coma la tortilla que se le va a enfriar.


  • Ya he comenzado a contárselo, creo que ya ve por donde va la cosa, pero aún no ha escuchado la traca final. ¿Y qué hace don Alfredo aquí?

  • Don José, yo resuelvo crucigramas y adivino pensamientos, pero, resolver misterios que soportan dogmas, como el de la Santísima Trinidad, me cuesta un poco más.


  • Don Alfredo me dijo esta mañana que tenía que llegar a comer a Portugal.


  • Pues mintió, ha cambiado de planes o alguien ha movido la raya Portugal que ahora debe de pasar por Cañamero.


  • ¿Y el periodista?


  • Ha venido más veces por aquí. Es de los que no va a donde está la noticia, sino que la noticia surge donde él está.


  • ¿Y qué ha dicho el Coronel de la presencia de don Alfredo esta mañana en el despacho?


  • Yo al Coronel no le he mencionado nada de don Alfredo.


El señor Loro movió la cabeza negando y cambió la conversación.


  • Don José, permítame que le aconseje. Acábese el puré de patatas y súbase a su cuarto a dar una cabezadita, creo que le va a hacer falta estar lúcido esta tarde. No se preocupe por la hora, yo subiré a las cuatro menos diez para avisarle.


  • Le haré caso Eugenio. Pero que sepa que yo no le había dicho que reemprendería la conferencia a las cuatro.


A las cuatro menos diez el señor Loro llamaba a la puerta de la habitación de don José que, en ese momento, ya salía con el pelo aún mojado. Ambos se dirigieron hacia la escalera.


  • Gracias Eugenio. ¿Hay moros en la costa?


  • Vía libre. Pero el objetivo de "los moros" ya se ha cumplido.


  • ¿Qué quieres decir?


  • Que esos moros que dice sólo querían asegurarse de que usted se enteraba de su presencia aquí.


  • Pero si yo me entero, don Alfredo quedará fatal. Me dijo claramente que tenía que estar en Portugal a comer.


  • ¡Ay! Don José don José. Dicen los porteños que tanto se puede hablar con la boca como con el orto.


  • No lo entiendo Eugenio.


  • Yo estuve doce años oyendo hablar ese idioma y aprendí a entenderlo. El único mensaje que don Alfredo quería transmitirle hace un rato es: entérate bien Ingeniero, mi orto está en esta silla de la Fonda Loro de Logrosán y no en Portugal como te dije. Y en la silla de enfrente se aposenta el orto del periodista más tocanarices de toda Extremadura.

Y forzando un genuino acento argentino, el señor Loro concluyó cuando ya llegaban a la puerta del despacho.


  • Tenedlo en cuenta pibe.

Don José, entró en el despacho, cerró la puerta por dentro, se encaminaba hacia la mesa y el teléfono comenzó a sonar. Colocó el auricular para escucharlo con comodidad y oyó una voz de mujer.


  • Un momento, aguarde a que le hable el Coronel.


Tuvo que esperar un par de minutos en los que se quedó atrapado, girando como una noria, en la presencia nuevamente inesperada de don Alfredo en la fonda. Y dando vueltas siguió hasta que por fin reconoció la voz al otro lado de la línea.


  • Buenas tardes Pep. Disculpa, pero he tenido que dar novedades a Fernando antes de ponerme otra vez al teléfono. Rufino había vuelto a preguntar que cómo había ido la mañana con lo nuestro.


  • ¿Y cómo ha ido la mañana?


  • Le he dicho a Fernando que ahora sí que estaba completamente seguro de que teníamos a nuestro lado, no a la persona adecuada, sino a la persona clave para lo que andamos persiguiendo y que le transmitiera a Rufino que, en sólo unas horas, habíamos hecho grandes avances.


  • Pero …


  • Me ibas a contar cómo se implicaba el joven Bastianne en nuestro tren.


  • Cierto Argimiro. Prosigo. La idea de una ruta alternativa al sur de Almansa fue madurando en la familia. En cada recorrido que hacían con cualquier motivo por la zona, no solamente fantaseaban imaginando cómo los trenes cruzarían montañas, ríos y llanos, sino que se divertían haciendo los papeles de maquinista, revisor, guardagujas, factor y hasta jefe de estación tal como los veían desenvolverse en los viajes hasta Lourdes. Toda esta ilusión por el ferrocarril se trasladó a los veranos en Lourdes y empezó a formar parte del día a día durante las estancias en la ciudad francesa. Bastianne, a través de las palabras de Guadalupe, tanto en los días que compartían en Lourdes, como en las interminables cartas que se cruzaban el resto del año, se fue impregnando de esa ilusión que también alcanzó a sus padres. Tanto caló en la familia francesa todo lo relacionado con el ferrocarril de Almansa que, en el cuarto verano en Lourdes, en 1933, los padres de Bastianne anunciaron que su hijo comenzaría a final de verano en Toulouse estudios de ingeniería civil encaminados, no a la industria de la aviación como le hubiera gustado a su padre, sino a la construcción de líneas férreas. Guadalupe, a pesar de que su fe se había estancado como ya le pasó a su madre, celebró la noticia haciendo ese verano una novena a la Virgen de Guadalupe en acción de gracias por la decisión sobre los estudios de Bastianne. Además, hacía que Bastianne, cuya devoción le daba lo justo para ir por la mañana a la del ángelus, la acompañara e incluso que fuera él quien leyera las oraciones. Bastianne por su parte, reprochaba a Guadalupe el contrasentido de rezar a la Virgen de Guadalupe en el santuario de la de Lourdes. Ella lo resolvía diciéndole que allá en el cielo entre ellas se entenderían y que la acción de gracias seguro que se consideraba cumplida. 


  • Ahora, Pep, ahora sí que ya estamos llegando a la estación término.


  • A la estación término no, Argimiro, pero sí llegamos el Inspector y yo al punto al final de la recta desde donde se divisaba el apeadero de Cañamero. Con la oscuridad de la noche, la vista se reducía a unas débiles luces a lo lejos que dejaban adivinar el contorno de un par de edificios. El Inspector pareció emitir una expresión de desencanto. Le aclaré que, a lo largo de este trayecto, había mal llamadas estaciones que, en realidad, eran meros puntos de cruce de trenes necesarios al tratarse de un trazado con una única vía y que, aunque posible, no estaba prevista la subida y bajada de viajeros en ellos. El inspector hizo un gesto como diciendo: a tu padre le vas a enseñar a tener hijos.


  • Disculpa Pep. ¿Qué quieres decir con esa frase? ¿Que él ya sabía la función de estos apeaderos?


  • Eso es. Disculpa tú, Argimiro. Creo que empiezo a asimilar demasiadas cosas de esta gente de Logrosán.


  • Disculpado Pep. Continúa.


  • A la vuelta de ese verano del 33, la actividad ferroviaria de la familia se incrementó. Las excursiones por todo el recorrido se extendieron hasta llegar en alguna ocasión incluso a Villanueva y a Calera y Chozas. Pero, sobre todo, se incrementó en la zona por la que, según ellos, habría de discurrir una alternativa viable al proyecto oficial. Poco a poco fueron aprendiendo y estimaban distancias con precisión, identificaban dificultades orográficas, proponían soluciones y tomaban notas en cuartillas. Esas notas se las hacía llegar Guadalupe en sus cartas a Bastianne. Con la llegada de la República las obras se ralentizaron, pero ellos no se desanimaron por ello. Continuaron, si cabe, con mayor empeño, incrementado conforme se producía el avance de Bastianne en sus estudios y podía darles información. En el verano de 1935 tenían un documento que recopilaba multitud de detalles y propuestas. Los niños se habían hecho un hombre y una mujer, sus males estaban casi curados y ese verano lo dedicaron a preparar el que habría sido el primer viaje de Bastianne a Almansa en el verano del 36. Vivieron intensamente la espera mientras aún resolvían detalles del proyecto.


  • ¿Y entonces?


  • Entonces Argimiro, el Inspector, con la mirada perdida en dirección a la estación de Cañamero, rompió a llorar.


 
 


 
VISTA DE GUADALUPE Y LOS GUADARRANQUES DESDE EL ALTO JUNTO AL CASTAÑO DEL ABUELO


 


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Esa forma de hablar de Logrosan, ya se nos va pegando al fin de este capítulo. A mi también me ha entristecido ver que se avecina 1936

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