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EXTREMADURA A TRAVÉS DE LA ENCICLOPEDIA ÁLVAREZ

Updated: Feb 5


 

En mi proceso formativo, la ENCICLOPEDIA ÁLVAREZ tuvo un impacto que hasta ahora no ha sido alcanzado por ningún otro texto.

 

Mi condición de extremeño creo que está fuera de toda duda. He paseado el nombre de Extremadura allá donde he ido. Y eso que mi primera aproximación a lo que se ocultaba tras esa denominación a través de los libros de lomo rojo de la citada enciclopedia no fue alentadora.

 

Extremadura aparecía por primera vez en la mítica Enciclopedia Álvarez de PRIMER GRADO en su página 159, naturalmente en la lección dedicada a las regiones españolas.

 

Para esta de PRIMER GRADO, cada región era un “trozo” en los que estaba dividido el suelo español. El mapa que acompañaba las explicaciones sobre el troceado del susodicho suelo español asignaba el color verde a la provincia de Cáceres y el Rojo a la de Badajoz. Por sí mismos, esos colores no me decían nada.

 

En otro mapa, que supongo que trataba de ilustrar las producciones principales de cada zona de España, en lo que sería la ubicación de Extremadura se mostraba una oveja más o menos sobre Cáceres, un cerdo sobre Mérida y una bellota a medio camino entre Cáceres y Badajoz, así como por La Roca de la Sierra. Pero lo más inquietante de ese segundo mapa era la cabeza de una mula asomándose sigilosamente al sur de Extremadura desde Despeñaperros.

 

Con todo, era una primera pista para ir aclarando algo sobre la capacidad productiva de las distintas zonas de España, aunque las explicaciones posteriores sobre Extremadura lo liaban todo.

 

Primero describía el clima de Cáceres como “extremado” sin aclarar cuales eran los parámetros meteorológicos que resultaban extremos. Sin embargo, el clima de Badajoz era descrito como “cálido y seco”. Mi confusión iba en aumento y alcanzaba su cima en el capítulo productivo que entraba en contradicción, al menos parcialmente, con el mapa. El cerdo desaparecía y la bellota resultaba ser de alcornoque. La oveja sin embargo continuaba en Extremadura.

 

Todo un curso para tan escueta información resultaba un tanto decepcionante.

 

Al curso siguiente, la de SEGUNDO GRADO seguía en la misma línea de ovejas y alcornoques, si bien, como novedad, esbozaba una primera pincelada del cambio climático. Del Cáceres "extremado" y el Badajoz "cálido y seco" de la de PRIMER GRADO, en la de SEGUNDO, el clima se unificaba pasaba a ser “variado” para toda la región, sin marcar diferencias entre provincias pero sin aportar dato alguno sobre cómo variaba.

 

Pero hete aquí que, cuando estaba irremediablemente dispuesto a aceptar que esta de SEGUNDO GRADO no me proporcionaría ninguna información adicional valiosa, leyendo y releyendo con atención todo lo que mencionaba a Extremadura, me encontré con unos datos tremendamente reveladores que se ocultaban en el enunciado del 2º Ejercicio de la Lección 12.

 

En ese enunciado se preguntaba por el resultado económico de una operación de intercambio de ganado en la que un manchego vendía una mula valorada en 18.700 pesetas a un extremeño. Como en el caso de los colores de las provincias, por sí mismo este dato no era significativo. La importancia del hallazgo radicaba en la comparación del precio de la mula con el del cerdo y las ocho ovejas que el extremeño entregaba a cambio al manchego: 3.200 pesetas el cerdo y 143 pesetas cada oveja. En ese momento vi la luz y con ella la mano negra que no iba a dejar levantar la cabeza a nuestra región durante décadas hasta llegar a nuestros días.

 

Por una parte, ahora entendía por qué en la de PRIMER GRADO había desaparecido el cerdo del primer mapa que identificaba las capacidades productivas de cada zona. No pude resistir la tentación, recuperé mi libro de PRIMER GRADO y busqué con urgencia a ver donde podría haber ido a parar el cerdo. Mi sorpresa fue total. La mano negra había actuado y el cerdo aparecía ahora en las Baleares.

 

Los valores en pesetas eran toda una declaración de intenciones: una mula manchega casi veinte mil pesetas parecía mucho, un cerdo extremeño tres mil y pico podía ser aceptable, pero que una oveja extremeña, con su leche, su carne, su piel, su lana, ... 143 tristes pesetas. Aunque no lo pedía el ejercicio, rápidamente hice la división. El resultado era esclarecedor y altamente preocupante: una modesta mula manchega valía más que un rebaño de 130 ovejas extremeñas.

 

Empecé ya entonces a pensar que esa mano negra que le había puesto precio a lo que se producía dentro y fuera de Extremadura no iba a dar tregua en su evidente propósito de mantenerla a la cola de todos los índices económicos entre regiones de España.

 

De vuelta a la enciclopedia de Segundo Grado, releí la pertinaz asignación productiva a Extremadura: alcornoque y ganado lanar. La suerte estaba echada.

 

Cuando llegó a mis manos la Enciclopedia Álvarez de TERCER GRADO no pude esperar y me lancé con ansiedad a descubrir en ella el devenir productivo de Extremadura. Primero analicé los mapas. El cerdo seguía en las Baleares, si bien, en la provincia de Badajoz había reaparecido otro cerdo que, eso sí, solo tenía cabeza y no estaba entero como el del primer mapa de la de PRIMER GRADO. Decidí no especular sobre las razones por las que ese cambio se habría producido. Leí la explicación que se daba y allí continuaba la oveja de las 143 pesetas.

 

No podía concluirse que la capacidad productiva de Extremadura fuera a moverse mucho de las negras perspectivas ya conocidas.

 

Abatido por el descubrimiento, casi no di valor a la breve reseña que se hacía acerca de “grandes planes de regadío” que se anunciaba afectarían a la provincia de Badajoz entre otras.

 

Recordé entonces que el dato más relevante sobre Extremadura que aportaba la de SEGUNDO GRADO se escondía en el enunciado de un ejercicio. Busque entre los ejercicios de esta de TERCER GRADO y, efectivamente, allí estaba. En el Ejercicio 2º de la Lección 13, y nuevamente en el enunciado, brillaba con luz propia la cruda información.

 

Supongo que al ir subiendo de nivel el lenguaje se iba refinando y ahora se expresaba de manera más sibilina, de forma que tuve que leerlo hasta tres veces para encontrar la siniestra obra de la mano negra.

 

Volvía a tratarse de un intercambio, esta vez de trigo castellano por otro cerdo extremeño. Menos mal que nos habían devuelto uno los de Baleares pensé yo. Pero cuando ya estaba a punto de dar por bueno el enunciado, descubrí la forma sutil en que la temida mano negra había actuado en esta ocasión: allí decía claramente que era un labrador castellano era el que imponía los precios de la transacción ya que exigía que esta se efectuara en los siguientes términos: entregar 3/54 243 quintales métricos de trigo a 2,15 pesetas/kilogramo y recibir un cerdo y que además le sobraran 479 pesetas. Y sin ningún rubor la pregunta era: ¿Cuánto ha de valer el cerdo?

 

Esta vez la mano negra aparecía de una forma más sofisticada, condicionando y casi interviniendo los mercados y dando pistas inequívocas de que no sería desde Extremadura desde donde se fijarían los precios. Me atreví a intentar resolver el ejercicio y lo conseguí. El resultado no podía ser más descorazonador y se hacía evidente que tal influencia había comenzado ya a surtir efecto: el cerdo había pasado de las 3.200 pesetas en la de SEGUNDO GRADO a las 2.423,50 pesetas en las que el intervencionismo castellano había fijado el valor del cerdo. Con ello además se entendía el motivo de que los de las Baleares nos hubieran devuelto parte de los cerdos.

 

Pero aún me faltaba un dato esencial por descubrir. Para ello tuve que armarme de valor y, durante un recreo en el que los maestros se metieron en el comedor para repartirse la leche en polvo que había sobrado, me hice el remolón y me quedé solo en clase cuando todo el resto salió. Mi propósito no era otro que el de indagar en el LIBRO DEL MAESTRO de la Enciclopedia Álvarez del que Don Victoriano sacaba los problemas que nos ponía. Muerto de miedo abrí el libro de lomo azul y, con el corazón saliéndoseme por la boca, encontré lo que buscaba. Escondida como era ya habitual en el enunciado de dos ejercicios, allí estaba la clave que me faltaba en el puzle de la economía productiva extremeña. En esos dos enunciados aparecían en plena faena dos de los actores que habrían de influir tan negativamente en ella: los intermediarios.

 

Apresurado para no ser descubierto indagando en el libro azul (todo el mundo creería que estaba copiando las soluciones a los problemas) memoricé como pude los enunciados y resultados de los dos ejercicios que trataban sobre Extremadura. En uno de ellos, un TOCINERO de no se sabe dónde, compraba un cerdo extremeño por 4.000 pesetas y lo vendía a cachos por 5.000 pesetas. Por una parte, me alivió saber que el precio del cerdo se había recuperado, con lo que los de Baleares estarían rabiando al saberlo. Pero por otra, el intermediario de no se sabe dónde se había llevado el 25% del negocio del cerdo.

 

En el otro ejercicio con extremeños implicados en la transacción, un intermediario sin identificar, sin cortarse un pelo, se preguntaba que cuanto había ganado traficando con el corcho que había comprado en Extremadura.

 

El resultado era bastante parecido expresado en % de ganancias sobre el precio de coste: compró por 1.275 pesetas y vendió por 1.575 pesetas, es decir, que se llevó casi el 24%.

 

A partir de ahí todo ha sido un crecer y no parar de los márgenes porcentuales de intermediación de foráneos con productos extremeños.

 

Absorto en estas elucubraciones, estuve a punto de no oír el ruido que delataba la vuelta de la marabunta a clase que se iba haciendo cada vez más intenso y próximo, por lo que tenía que disimular de forma inmediata o caería en el descrédito total como copión de las respuestas del libro azul.

 

Pero antes de cerrarlo, pude todavía leer la pregunta que proponía:

 

¿Dónde abundan las ovejas?

 

RESPUESTA: En Extremadura.

 

Eso sí, “a 143 míseras pesetas” añadí yo por lo bajini cuando Don Victoriano entraba en clase. Al verme me preguntó:

 

-       ¿Qué dices Orellana?

 

Yo le respondí:

 

-       Me preguntaba que de dónde es usted, Don Victoriano.

 

Él respondió con orgullo indisimulado:

 

-       De Tornavacas.

 

Al oírlo, recordé el viaje con mi padre a El Barco de Ávila y que Tornavacas era el último pueblo de Cáceres en la sierra ya muy cerca del límite de las provincias de Cáceres y Ávila. Y, como lamentando la constatación del hecho, a mí se me escapó un:

 

-       ¡Uy! Casi se salva.

 

JMGOL60

FEBRERO 2024

 





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