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EL VAGÓN QUE LLEGÓ



 

CAPÍTULO 1: LA FONDA

 

 

Desde primera hora de la mañana se respiraba en la Fonda Loro la atmósfera propia de las grandes fechas. No era la primera vez y el personal de servicio ya sabía reconocer en Eugenio y María los detalles que anticipaban algún acontecimiento especial, de esos que ocuparían corrillos y tertulias por todos los rincones de Logrosán durante semanas.


El principal delator de ese estado de activación era el teléfono número 2 que, desde su posición de privilegio en el hueco de la escalera se aprovechaba de una acústica propicia para hacer llegar sin misericordia alguna el irritante sonido su campanilla hasta el último rincón de la afamada fonda.


Aunque atenuado por la distancia, el sonido del teléfono alcanzaba hasta la habitación número 1, destinada a las personalidades y huéspedes de alcurnia. Su ocupante trataba de acomodar sus ojos a la luz que ya entraba por la ventana. A su sobresalto inicial, se le añadió inmediatamente el vuelco que le dio el corazón al oír su nombre: “¡Don José Calabuig, …, al aparato!”


Mientras se ajustaba el batín de seda que le acompañaba a todos sus viajes, no recordó tener ningún asunto pendiente que pudiera requerir una conferencia telefónica y menos a esas horas. Aceleró el paso hacia la escalera y comenzó a bajarlas cuando nuevamente oyó su nombre.


  • Ya voy chico, ya voy, ni que me llamaran del Pardo.


El joven soltó el teléfono como si le quemara diciendo.


  • Don José, tiene una conferencia desde el Palacio del Pardo.


Don José, que ya se había recuperado del sobresalto inicial, trasladó a su rostro de inmediato el impacto que le causó escuchar el origen de la llamada. Atravesando el nudo que se le formó en la garganta consiguió hacer oír su voz.


  • Don José Calabuig al aparato, con quién tengo….


La voz metálica desde el otro lado de la línea interrumpió el saludo.


  • Aguarde a la escucha, le va a hablar el excelentísimo señor don Fernando Suertes, jefe de la casa civil del caudillo.


El nudo inicial debió de ir aumentando su tamaño porque durante la eterna espera, a don José, el todopoderoso ingeniero director del proyecto de la línea férrea que habría de unir Villanueva con Talavera, le empezaba a faltar el aire.


El auricular emitió unos chasquidos y sonó la voz anunciada.


  • Amigo Pep, que tal por esas tierras. ¿Has probado ya las perdices de María?


  • Si, excelentísimo señor.


  • Por favor, llámame Fernando.


Y sin dar tiempo al Ingeniero a contestar, continuó.


  • Me he puesto en contacto directamente contigo porque no me gustan los intermediarios y me consta que reúnes en tu persona el mando organizativo suficiente de esa obra patriótica como para llevar a cabo lo que te va a detallar ahora el coronel González al mando de la superintendencia de logística. ¿De acuerdo?


  • Soy todo oídos Fernando. Quizás sobreestimes mi capaci…


  • Sabía que podía contar contigo, Pep. Como te he dicho, ahora te llamará Argimiro González, que lleva el detalle de todos estos asuntos de logística e intendencia. Él te dará las instrucciones precisas para que todo salga a pedir de boca. Que la Santísima Virgen del Consuelo te propicie un buen día y ¡Viva España!


Recuperando todavía el resuello, el Ingeniero, como era conocido en la zona, intentó responder con un grito que murió antes de nacer, cuando ya en el auricular sonaban los pitidos que indicaban el corte de la línea.


  • ¡Viva!


Don José se quedó paralizado y dudando si esperar la llamada o volver a su estancia y vestirse adecuadamente. Enredado en la duda sonó nuevamente el teléfono. El señor Loro, que había asistido discretamente desde su despacho a todo lo ocurrido y hablado, buscó la mirada de don José para hacerle una seña e indicarle que no descolgara el teléfono.


  • Don José, pase a mi despacho y le transferiré la llamada, confíe, déjeme a mi contestar.


El Ingeniero se dirigió al despacho del señor Loro mientras este ya iniciaba la conversación.


  • Buenos días, ayudante de campo del Doctor Ingeniero Calabuig, al aparato. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?


  • Le habla el Capitán Bermúdez. Páseme con el Ingeniero y que se mantenga a la espera del Coronel González.


  • Disculpe Capitán. El Doctor Ingeniero Calabuig está muy ocupado. Páseme la llamada cuando el Coronel esté ya a la espera.


El capitán Bermúdez, sorprendido por la contestación del señor Loro, con voz titubeante contestó.


  • Le paso con el Coronel.


Don José, desde dentro del despacho, hacía señas ostensibles al señor Loro de que accediera y le pasara la llamada. Pero este continuó.


  • Mi Coronel, le habla el ayudante de campo del Doctor Ingeniero Calabuig, le paso inmediatamente con el Doctor.


El señor Loro movió el conmutador para transferir la llamada al despacho mientras el Coronel, todavía sorprendido por haber quedado a la espera, inició la conversación.


  • ¿Doctor Calabuig? Coronel González al aparato.


  • A sus órdenes mi coronel. Le habla José Calabuig. Me ha anticipado su llamada Fernando, espero sus instrucciones.

 


 

CAPÍTULO 2: EL TELÉFONO

 

 

Desde el otro lado de la línea telefónica, el Coronel, haciendo uso de un tono campechano, se dirigió a don José.


  • Les ha faltado a su ayudante y a usted el usía, pero yo no he dado con usted en Logrosán a esta hora tan temprana para repasarle los tratamientos. Al contrario, los acortaremos entre ingenieros, militares o civiles. Doctor, desde este momento tenemos un objetivo común y, si no le importa, seremos Pep y Argimiro y, a su elección, nos hablaremos de tú o de usted.


  • Será entonces de tú. 


  • De acuerdo. ¡Por cierto! Para cualquier mención al Caudillo que necesitemos hacer, hablaremos de Rufino.


  • Descuida, así lo haré.


  • En primer lugar voy explicarte el motivo de mi llamada y continuaremos poniendo en común los datos básicos y haciendo un repaso de la historia de este proyecto del que Rufino dice que le ha mirado un tuerto y ...


Don José interrumpió al Coronel.


  • ¿Rufino está al tanto de una línea férrea perdida en la sierra de Guadalupe?


  • No lo dudes amigo Pep. No solo está al corriente, sino que el encargo que me traslada Fernando es que debemos rescatarlo de la muerte segura a la que, si no mediamos de forma urgente, está irremediablemente abocado.


  • Perdona que retrase el repaso del proyecto, pero ¿Qué motivo hace que se salten todas las jerarquías intermedias que hay desde Rufino hasta mi humilde persona?


  • Tú mismo te has dado la respuesta, Pep. Precisamente esa, que son intermedias, que para Rufino significa que están interpuestas, es decir, que estorban.


  • Entendido Argimiro. Quizás no le falte razón a Rufino. Respecto a la urgencia de nuestra misión. ¿Admitiría que pudiera subir a asearme y vestirme como la tarea merece?


  • Por supuesto y haz que te sirvan un buen desayuno, lo vas a necesitar. Yo mientras voy a hacer que me reserven para uso exclusivo una de las tres líneas telefónicas que llegan a Logrosán. Nos hablamos a las 10 en este número.


El señor Loro, que seguía expectante la conversación desde el teléfono del hueco de la escalera colgó el aparato y simuló bajar los últimos peldaños en el momento que don José salió del despacho.


  • Eugenio, necesito …


El posadero se adelantó y no dejó a don José iniciar sus peticiones.


  • Don José, cuente con este despacho para lo que necesite. Usted suba tranquilamente a prepararse. Mandaré dejarle hueco en las estanterías para sus cosas, limpiaré la mesa de papeles, que buena falta le hace, y le diré a María que le prepare un desayuno con bollas de chicharrones que están ahora mismo en el horno. Mi hijo Eugenio ordeñó ayer a las cabras y coció la leche. Le preparo la nata con azúcar aparte en una taza. ¡Ah! Y también pasó el señor Nicomedes con café del cubano recién rescatado del estraperlo. Yo mismo le prepararé un café con leche para que pueda mojar las bollas. Mientras desayuna desconectaré el teléfono del hueco de la escalera y quedará únicamente en servicio el de mi despacho para su uso.


Don José escuchó con atención el plan que el señor Loro le había relatado y sólo cuando este calló, ya subiendo por las escaleras, se dirigió a él.


  • Gracias, conforme con todo, y sólo un pequeño detalle. Los coroneles tienen tratamiento de usía. 


  • Tomo nota. A las nueve treinta tendrá el desayuno en su despacho.


  • Gracias. Por favor manda recado a mi o-t-r-o ayudante de campo y dile que hoy no iré a la estación. Y al señor alcalde que si se deja invitar a un café esta tarde en el casino.

 


 

CAPÍTULO 3: EL DESPACHO

 

 

Eran las nueve y veinte cuando don José bajaba por las escaleras portando varias carpetas con documentación. En el descansillo se cruzó con María que en ese momento subía también cargada con ropa de cama. Hubieron de hacerse espacio para pasar ambos y sus respectivas cargas. Le sorprendió que le mantuviera la mirada y más aún que la mirada incluyera una sonrisa. Ese gesto había permanecido oculto durante los cuatro años que el ingeniero alcoyano se venía alojando en la fonda. Don José aprovechó el encuentro para dirigirse a la patrona de la fonda.


  • María, por favor, envíeme a alguien para recoger unas carpetas que he dejado sobre la descalzadora y me las baje al despacho del señor ...


María le interrumpió y acabó la frase que el Ingeniero dejaba a medias.


  • ... y me las baje ... a su despacho, don José.


Al llegar por fin a la planta baja comprobó que el despacho estaba cerrado y, aunque el señor Loro se lo había cedido incondicionalmente, un principio de prudencia le aconsejó llamar a la puerta.


  • Adelante por favor.


La voz firme desde el interior no le sonó familiar. Abrió tímidamente la puerta y, sentado en una de las dos sillas para las visitas que el señor Loro había dispuesto delante de la mesa grande, don José pudo ver a un hombre de unos 50 años, alto, apuesto y bien trajeado, de piel cuidada y con un porte y unos ademanes que denotaban una educación nada habitual en la zona incluso si se buscaba entre las familias adineradas. Don José se dirigió al hombre con ademán de saludarle y éste comenzaba a incorporarse a su vez con el mismo propósito.


  • Disculpe don Alfredo, no esperaba encontrarle aquí. ¿Puedo hacer algo por usted?


En el último momento, antes de cruzar el saludo, don José pudo recordar a tiempo y ponerle nombre a su ilustre y sorprendente visitante. No serían más de tres o cuatro ocasiones las que había tenido la oportunidad de verle y solamente en una de ellas llegó a saludarle. Don Alfredo no formaba parte de los círculos de sociedad de Logrosán que habitualmente alternaban en el casino o en fiestas particulares a las que su condición de “Ingeniero del Ferrocarril” le había posibilitado el acceso. El hermetismo rodeaba a todo lo relacionado con don Alfredo Roca y nadie en el pueblo se prestaba a compartir información o comentarios relativos al hombre que esa mañana, en situación tan crítica, había irrumpido en el despacho de la fonda.


Don José se sobrepuso a la situación e hizo un ademán de dirigirle la palabra, pero don Alfredo se anticipó y poniendo su mano derecha en el hombro del Ingeniero, alzó su voz grave.


  • Amigo Pep, discúlpame, debo estar en Portugal para la hora de comer, pero, sobre todo, tú tienes que atender una crucial conferencia a las diez y no seré yo quien comprometa tu asistencia a tan trascendental obligación.


Eran las nueve y media en punto y se abría la puerta del despacho entrando el señor Loro que portaba una bandeja con el desayuno ofrecido a don José. Cambió su color al contemplar la escena y no pudo reprimir un parpadeo de incredulidad dirigiendo su mirada hacia el visitante. Aseguró la bandeja en una mesita auxiliar y, como si fuera él mismo quien le hubiera invitado, el señor Loro se dirigió a don Alfredo.


  • Ahora le traigo su té con leche para que acompañe a don José en el desayuno.


  • No Eugenio, muchas gracias, yo ya me marchaba y don José tiene el tiempo justo para degustar las bollas de María y acumular fuerzas para la mañana que le espera.


Y girando la cabeza ya desde la puerta.


  • Suerte Pep, si hay alguien que lo puede conseguir eres tú. Eugenio, saluda a María de mi parte.


Ambos quedaron en silencio sin tomar ninguno de ellos la palabra e inmovilizados hasta que por fin el señor Loro, con total naturalidad y mientras pasaba la bandeja a la mesa grande dijo.


  • Don José, se va a enfriar la leche para su café. Voy a por una jarra de agua que la acaban de traer fresca del pilón. La va a necesitar.


El señor Loro salió del despacho para desconectar el teléfono del hueco de la escalera. Don José tomó asiento en el sillón de la mesa grande y mientras desayunaba repasó las que probablemente habían sido sus dos horas más intensas en muchos años. Trató de ordenar las ideas y, antes de eso, aparcar hasta mejor ocasión el encuentro con don Alfredo y el análisis que sin duda debería hacer de cada una de las palabras pronunciadas por el inquietante personaje en los minutos que permaneció en el despacho. No podía permitirse un desvío de atención y debía devolverle la importancia que tenía a la conferencia con el Coronel. El impacto de don Alfredo en su despacho le había hecho infravalorar la trascendencia de lo que aún tenía por delante esa mañana.


Estaba desenredando aún en su mente los acontecimientos ocurridos cuando el señor Loro entró con la jarra y el vaso para el agua fresca.


  • Don José, voy recogiendo para que pueda usted desplegar sus cosas y le acerco el teléfono, son menos cinco.


  • Gracias Eugenio. Por cierto. ¿Cómo supiste que mi conferencia era a las diez?


El señor Loro miró directamente a los ojos del Ingeniero y con solemnidad le dijo.


  • Mire don José, tuve que irme a diez mil kilómetros para aprender que cuando alguien es mi huésped no sé ni quiero saber a qué dedica su vida ni dentro ni fuera de las habitaciones de la fonda que lleva mi apellido. Pero no me pregunte cómo averiguo, incluso antes de que ellos mismos lo sepan, cuales van a ser sus necesidades y cuáles de ellas puedo atender yo o el personal a mi cargo.


 Don José asintió y, justo antes de comenzar a sonar el teléfono, miró a su anfitrión que se dirigía hacia la puerta, dibujó una leve sonrisa y dijo.


  • Tomo nota.


Descolgó el teléfono mientras el señor Loro cerraba el despacho y por el teléfono se oyó la voz del Coronel.


  • Buenos días, Pep.

 


 

CAPÍTULO 4: LA HISTORIA

 

 

  • Buenos días, Argimiro. Estoy a tus órdenes.


  • Lo primero que me gustaría transmitirte es mi gratitud por tu inmediata disposición a colaborar cuando la patria te llama.


Don José no esperaba un arranque de este tipo tras la conversación previa. Pensaba que el tono del encuentro sería, como el propio Coronel había sugerido, de militar a civil, pero sobre todo de ingeniero a ingeniero. No obstante, pensó que, por segunda vez en la mañana, haría uso de la prudencia como pauta de comportamiento. Y en ese tono continuó.


  • Nos decía cada año el director de mi escuela de caminos que había dos centros de enseñanza en los que, junto al título correspondiente, los alumnos alcanzaban el sacerdocio y estos eran el seminario y aquella escuela de caminos. Espero saber estar a la altura, cuando no es el altísimo sino la patria quien me requiere.


  • Con ese espíritu, Pep, no tengo ninguna duda. Pero me vas a disculpar unos minutos porque no es la patria, pero es Fernando quien requiere mi presencia, que en mi caso viene a ser lo mismo. Dejo descolgado, espera, por favor, al aparato.


No llegó a cinco los minutos que se ausentó el Coronel, pero fueron suficientes para que a don José le asaltara una idea que, por momentos, se convirtió en obsesiva: don Alfredo. ¿Podría ser que la irrupción en su despacho fuera una prueba del Coronel para evaluar su comportamiento en una situación límite? 

Si ese era el caso. ¿Qué debería hacer él ahora? ¿Contarle lo ocurrido con pelos y señales al Coronel? ¿Ir adelante como si esa visita no se hubiera producido? ¿Y si realmente era una prueba de transparencia o de fidelidad? En ese caso debería comunicárselo. Pero si erraba en el juicio y el Coronel estaba totalmente al margen. ¿Qué tipo de conflicto podría desencadenarse que inevitablemente le pillaría a él por los dos lados? Cuando oyó el ruido del auricular, don José tomó una decisión: callaría y negaría la existencia de la visita de don Alfredo.


  • Ya estoy aquí, mil disculpas, Rufino quería saber tu reacción y confirmar que estábamos ya trabajando juntos. Mi respuesta naturalmente es que hemos encontrado a la persona adecuada.


  • Argimiro, con sinceridad. ¿Realmente Rufino está siguiendo este asunto con esa cercanía?


  • Pep, Rufino no es Dios y por tanto no está en todas partes, pero te aseguro que está cerca de casi todo.


  • Entendido.


  • Ni un segundo más de retraso, ya hemos perdido un cuarto de hora. Te supongo al corriente de todas las vicisitudes por las que ha discurrido el proyecto de esta vía férrea desde que, en 1860, se concede la realización de un primer estudio sobre la línea Logrosán-Villanueva y en 1870 se decreta la concesión del entonces llamado tram-via de cable metálico para el tramo Villanueva a Logrosán.


  • Estás en lo cierto Argimiro. Concretamente se publica en la Gaceta de Madrid el 20 de enero de 1860 la Real-Orden del 16 de enero para la concesión del estudio que has citado, siendo Corvera el Director General de Obras Públicas. Esta concesión tiene además una peculiaridad. El único punto fijo del trazado era la Villa de Logrosán. Villanueva de la Serena era la primera opción de destino, pero alternativamente podía serlo cualquier punto de la línea de Ciudad Real a Badajoz.


  • Pep, haz el favor de decirme que, por pura casualidad, tienes la Gaceta de Madrid (*) a la vista encima de la mesa...


  • Te juro por la Santísima Virgen del Consuelo que encima de la mesa sólo hay unas cuartillas con el membrete de la Fonda Loro y el resto de las cuartillas en blanco de momento.


  • Creía que los de Alcoy jurabais por la Virgen de los Lirios. Ya veo que te has cambiado de parroquia.


Ambos rieron hasta que el Coronel cayó en la cuenta de la fecha y, en tono desenfadado, continuó.


  • Reprimamos esta salida irreverente, que estamos en cuaresma.


  • Tienes razón Argimiro. No obstante, creo que es mi deber informarte de que en esta fonda la señora de Loro paga una bula especial a los curas para que sus clientes puedan comer carne en Cuaresma, pero no me consta que tal bula incluya las risas.


  • Que cosas tienes Pep.


  • Real como este teléfono que nos comunica, pero, volviendo a nuestros ferrocarriles y por cerrar los antecedentes decimonónicos de Logrosán, te comento que ya en 1858, dos años antes del estudio que hemos comentado, se autorizó otro para una línea férrea desde Logrosán a Cedillo, es decir, a la frontera portuguesa.


  • Desconocía ese dato, Pep. Veo que estoy hablando con una persona profundamente conocedora de la historia.


  • No puedo negarlo. Conocer el pasado es la única vacuna para afrontar el futuro.


  • Brillante lema para una cátedra de historia.


  • No lo niego, pero disculpa que te puntualice. Lema que debería aparecer ya en la enciclopedia Álvarez de primer grado, si se quiere llegar a tiempo y a todos.


  • El problema es que sobre un mismo pasado se pueden escribir varias historias.


  • No te lo niego, pero reconóceme que ese mal tiene con frecuencia su origen en la imprecisión temporal por la que a veces llamamos historia a lo que todavía es presente.

 

  • Desde luego, Rufino puede estar tranquilo, eres nuestro hombre, pero además creo que encierras una caja de sorpresas, Pep. De sorpresas positivas. Me dijeron que me enfrentaría a un ingeniero de caminos profundo conocedor de su profesión, correoso y culto. Pero veo que tu unidad de trabajo no es solamente el metro cúbico y los clásicos que hayas leído, sino que puedes hacer ver la luz al otro lado del túnel, nunca mejor dicho que de un ingeniero civil.  Y eso no está al alcance de cualquiera.


  • Gracias Argimiro, aprecio en lo que valen tus palabras, pero no me gustaría ahogarme en el halago sin antes saber el motivo de esta, se supone, que primera conferencia.


  • Tienes razón. Te responderé con una pregunta, como gallego que soy. 


  • ¿Si tiene que ser así?


Ambos sonrieron y el Coronel, adoptando ahora un tono grave, continuó.


  • ¿Conoces la última decisión sobre el ferrocarril a tu cargo?


  • No lo sé. ¿Pertenece ya a la historia o es aún presente?


(*) La "Gaceta de Madrid" era en la época el equivalente al "Boletín Oficial del Estado".

 


 

CAPÍTULO 5: "THE DRAFT"

 

 

A través de la línea telefónica se oyó como el Coronel tomaba aire para contestar.

  • Permíteme el juego de palabras. Pep. Tendremos que hacer historia para modificar el presente. Te supongo al corriente de que el año pasado representantes del Banco Mundial recorrieron España de punta a punta, levantando alfombras y preguntando hasta en los confesionarios.


  • Estoy al corriente de la misión, de hecho, humildemente colaboré en la atención al inspector que visitó nuestro proyecto, pero se nos dijo y entendimos que era un trámite para documentar y formalizar los préstamos que recibiríamos con el objeto de finalizar las obras en curso.


  • Pues, y esto es absolutamente confidencial …


Don José interrumpió bruscamente al Coronel y, sin alzar la voz pero pronunciando sílaba a sílaba, lentamente, le habló en tono severo.


  • Argimiro, desde que te dije “A sus órdenes mi coronel” todo lo que ha ocurrido entre nosotros tiene para mi estricto ámbito confidencial, incluido el mismo hecho de que estamos hablando por teléfono en este momento. 


El Coronel permaneció en silencio durante unos segundos que a Don José le parecieron horas para al final, también en tono pausado, responder.


De acuerdo, no ha sido adecuado por mi parte hacer ese llamamiento a la discreción. No era mi intención poner en duda tu integridad y buen juicio para discernir lo que se puede y no se puede usar fuera y con quien hacerlo.


  • Gracias Argimiro por tu respuesta y tu tono. Te diré además que estoy en una situación comprometida al respecto de la confidencialidad de nuestra relación. Hoy me he quedado en la fonda y he desviado la atención de mi dirección en Madrid. A su vez, en la obra, también he contado que tenía un importante retraso en la redacción de varios informes. Por este motivo me iba a ser más eficiente aislarme del ajetreo de las oficinas de la estación y permanecería en la fonda, seguramente todo el día.


  • Me hago cargo. ¿Y tu a-yu-dan-te   de cam-po? Está claro que está al corriente de mi llamada.


  • Si mi integridad no debe cuestionarse, la de mi a-yu-dan-te de cam-po no tiene brecha alguna. Tras cuatro años, tengo sobradas pruebas de lo que digo.


Mientras aseguraba al Coronel la conducta que cabía esperar del señor Loro, a don José le resonaron las palabras de Don Alfredo no hacía casi ni una hora en aquel mismo despacho: “tú tienes que atender una crucial conferencia a las diez y no seré yo quien comprometa tu asistencia a tan trascendental obligación”. A pesar de haberse propuesto dejar a un lado ese asunto, no podía dejar de preguntarse dónde estaba la brecha por la que se había fugado la información.


El Coronel dio por concluido el tema y continuó.


  • Estamos en un punto crítico de este proyecto y la viabilidad de su finalización con éxito empieza a ponerse en cuestión.


  • Pero, si no hace ni cuatro meses, concretamente el 9 de noviembre del año pasado se ha aprobado el decreto 2278/1961 aprobando el gasto de un presupuesto adicional de casi ciento sesenta millones de pesetas.


  • Cierto, ya veo que sigues perfectamente documentado y además lo retienes en tu cabeza. Pero eso es la historia y yo te hablo de un presente que se llama THE DRAFT REPORT. O si quieres ahorrarte una palabra: THE DRAFT.


  • Entiendo que quieres decir que ya hay preliminar, un informe preliminar derivado de esa visita.

  • El informe preliminar propiamente dicho se espera para mayo. Se puede decir que lo que se maneja ahora es un avance o borrador del informe preliminar.


  • Y se conoce su contenido y no son buenas noticias. ¿Cierto?


  • Cierto Pep, no te puedo engañar.


  • ¿Pero el informe menciona expresamente esta línea?


  • No creo, hasta donde yo sé, se trata aún de unas recomendaciones generales. La concreción vendrá cuando nos vayan a conceder los préstamos que habrían de financiar lo que aún resta hasta finalizar estos proyectos.


  • Pero entonces, cuando nos dijeron que la visita de los inspectores del Banco Mundial era un trámite ….


  • En España entendemos un trámite, y no digamos “un puro trámite”, como algo de carácter meramente burocrático, antipático de acometer pero que no incluye una toma de decisión o un posicionamiento como resultado del propio trámite. Vulgarmente, que está todo el pescado vendido.


  • Es decir, que cuando todos creímos que el dinero vendría seguro y que se trataba únicamente de reunir información para rellenar unos papelitos, en realidad estábamos aportando información de primera mano, en nuestro caso, al inspector francés que nos visitó.


  • Así es. Pep, ¿Tu formaste parte de la comitiva durante las visitas a la obra?


  • Yo hice de cicerone toda la semana. El primer día apareció el inspector, un francés que se las sabía todas al que acompañaron en el viaje varios de mis directores de RENFE y personal de los ministerios de Obras Públicas e Industria. Llegaron el lunes a mediodía aquí a Logrosán donde montamos el centro logístico de acuerdo con las instrucciones que nos habían avanzado desde el ministerio y que, a su vez, ellos habían recibido desde el Banco Mundial. 


  • ¿Y empezasteis a trabajar ya el mismo lunes?


  • Eso fue imposible. Comimos aquí en esta misma fonda y, en contra de la opinión del francés, toda la comitiva se empeñó en hablar con él. 


  • ¿Comitiva dices?


  • Sí Argimiro sí. A los que venían de Madrid se les unieron representantes de los gobiernos civiles y diputaciones provinciales de Toledo, Cáceres y Badajoz, los alcaldes de todos y cada uno de los pueblos, aldeas y pedanías que tenían un palmo de rail en su jurisdicción. ¡Ah! Y por supuesto, el prior de los Franciscanos de Guadalupe y enviados de la archidiócesis de Toledo y del obispado de Plasencia.

 

  • Pep, dime por favor ahora que me estás contando la película Bienvenido Míster Marshall.


  • Que no Argimiro, que las calles de Villar del Río eran una procesión de semana santa en pleno mes de agosto en comparación con lo que se montó aquí. Aún no me explico como al inspector no se le atragantaron las perdices que nos preparó María.


  • ¿Y cómo acabó la cosa?


Todavía no acabó. El inspector, cuando se enteró de que todos los presentes querían hablar con él, casi coge la “donbenitense” y se vuelve a Madrid.


  • ¿“Donbenitense”?


  • Si, el autobús de línea a Madrid que tiene su parada final en Don Benito.


  • Entendido, sigue, Pep.


  • Tras muchas explicaciones, accedió a que uno de los presentes hablara en nombre de todos.  No te contaré la que se lió. El francés se fue a descansar y hasta tres horas después no pudimos avisarle de que todo estaba preparado. Los del ministerio pusieron algo de orden, pero al final tuvieron que ceder a que cada uno pudiera dejar una frase literal de su puño y letra. Menos mal que se avisó a la profesora de francés de la academia que fue leyendo el breve texto común y las innumerables cuartillas con la frase de cada uno.


  • ¿Y cómo acabó la cosa? 


 

CAPÍTULO 6: LOS PRISMÁTICOS

 

 

  • Pues realmente, Argimiro no sé si se puede decir que acabó. Permíteme que me extienda en los detalles de esta primera tarde, porque nos ayudarán a entender el conjunto de la semana. 


  • De momento no tenemos prisa. Ya llegará. Detalla lo que creas necesario.


  • Gracias. Tras dos horas de peticiones y divagaciones, el inspector dio por concluido el desfile. A doña Eloísa, que así se llamaba la profesora de Francés, hubo que subirla a una habitación para que se recuperara. Afortunadamente, la gran mayoría de representantes y demás notables no tenían alojamiento previsto en Logrosán y, a eso de las ocho de la tarde, ya oscurecido, emprendieron el camino de regreso a sus respectivos micro-reinos de taifas, de donde en mi opinión, me tomo la licencia de opinar, no deberían haber salido, al menos aquel día.


  • ¿Y el francés que hizo?


Preguntó el Coronel.


  • Subió a interesarse por doña Eloísa, pero desde la escalera me hizo una señal para que le acompañara. Doña Eloísa ya se había recompuesto y bebía agua junto a María que permanecía allí acompañándola. El Inspector se dirigió a la Profesora en francés.


  • ¿Y qué le dijo?


  • "Merci beaucoup, Mme Eloisa, je suis désolé pour cette désorganisation et cette perte de temps. Si j'ai besoin de vos services tout au long de cette semaine, je vous assure que je ne consentirai pas à une chose pareille. Maintenant, je comprends parfaitement Joseph Bonaparte.” Y doña Eloisa le respondió: “Avec l'autorisation des autorités espagnoles, vous pouvez compter sur moi.” y el inspector añadió: “Lequel d'entre eux?”


El Coronel, con un amago de contrariedad en su voz dijo.


  • Pep, por favor, puedes decírmelo en español. En la academia aprendí alemán. ¿Acaso sabes tu alemán?


  • Disculpa Argimiro. Traduzco. El Inspector dijo: “Muchas gracias doña Eloisa, lamento esta desorganización y el tiempo perdido. Si necesito sus servicios a lo largo de esta semana, le aseguro que no consentiré algo semejante. Ahora entiendo perfectamente a José Bonaparte.” A lo que ella le respondió: “Con el permiso de las autoridades españolas, puede contar conmigo.” Y el inspector añadió: “¿De cuál de ellas?“. Y ambos rieron. Doña Eloísa se marchó y yo, a instancia suya, acompañé al Inspector a su estancia. Und ja, ich kann auch Deutsch. Ich habe an der Universität Berlin im Bereich Bauingenieurwesen promoviert.


Al Coronel se le oyó emitir un ruido de sorpresa y tras él, en tono como de haber perdido el hilo por un fallo en la línea.


  • Disculpa, Pep, no te he oído lo último que has dicho.


  • Nada, no tiene importancia. Que sí, que también sé alemán. Me doctoré en ingeniería civil en la Universidad de Berlín.


El Coronel devolvió la conversación a su punto anterior.


  • Dime Pep, supongo que el Inspector te hizo ir para algo, ¿No? Y por favor dámelo ya traducido.


  • Me pidió que me encargara personalmente de organizar el resto de la semana. Le advertí que, por representatividad y rango del resto del acompañamiento, no debería ser a mí a quien me corresponderían tales funciones. Me dijo que era consciente de ese aspecto y me pidió que no me preocupara, que lo dejara en sus manos. Las instrucciones eran claras: sólo podrían acompañarle un representante del ministerio, uno de RENFE y el delegado del Gobierno Civil de la provincia en la que estuviéramos.


  • ¿Y tú, Pep?


  • Claro, claro y yo.


  • ¿Y qué más pasó?


  • Pidió que le disculpáramos para la cena que en esos momentos ya se estaba preparando en el comedor grande. Me preguntó que por donde podía dar un paseo para despejarse y le indiqué que fuera por la carretera en dirección oeste, hacia Zorita, lo que en Logrosán se dice “pabajo”, pero que no pasara del depósito que era el último edificio con una bombilla. Hacía fresquito, pero era una noche agradable para pasear. El resto de los hospedados en la fonda cenábamos mientras tanto un caldo especialidad de la casa y unas ranas rebozadas, salvo alguno que, al reconocer al animal, prefirió unas criadillas de tierra.


  • ¿Comentasteis algo en la cena sobre lo sucedido esa tarde?


  • Alguna anécdota y poco más. Nadie allí había apreciado la contrariedad del Inspector, a pesar del lío que se montó y de que tuvo que ausentarse tres horas hasta reorganizarnos. Al contrario, unos y otros se cruzaban  felicitaciones por la calurosa acogida dispensada. Alguno incluso valoraba como hecho positivo que la presencia del Inspector hubiera generado tal expectación.


  • ¿Volviste a ver al francés esa noche?


  • Sí, cuando ya salíamos del comedor, él volvía de su paseo. Me dijo que todo estaba arreglado. Yo no podía explicármelo. Me preguntaba cuando lo había arreglado. Luego pude averiguar que volvió del paseo nada más entrar nosotros al comedor. Pidió colaboración al señor Loro y, en su despacho, primero hizo una llamada telefónica a Washington, era la primera vez que eso se hacía desde Logrosán y llevó su tiempo, luego preparó instrucciones para cada acompañante que escribió a máquina en cuartillas que introdujo en sobres con los nombres también a máquina de cada uno de los miembros de la expedición. El señor Loro las fue dejando en las respectivas habitaciones. A mí me entregó mi sobre en mano y me citó a las 6 de la mañana en este mismo despacho. Me dijo que los demás se incorporarían a las ocho. Eran casi las once y media de la noche y había que descansar.


  • Una penúltima pregunta más sobre ese primer y nefasto día. No la malinterpretes: ¿Que valoró el Inspector en ti para elegirte como organizador y, diría yo, su persona de confianza?


  • Argimiro, esa es la pregunta más fácil de responder de las que me has hecho desde primera hora de esta mañana: fui el único que sólo habló cuando él me lo pidió. ¿Y la última pregunta?


  • ¿Qué dijo la comitiva de los sobres depositados en sus respectivas habitaciones?


  • Por la noche, que yo sepa, nadie dijo nada al ver su sobre. Pero las caras por la mañana reflejaban el impacto de su contenido. Las risas y las bromas de la tarde y la noche anterior se habían esfumado por la mañana.


  • ¿Tú te viste a las seis con él? 


  • Sí, puntualmente.


  • ¿Y cuál fue tu impresión?


  • Argimiro, desde el primer momento comprendí que estaba ante una persona de talla, tanto técnica y académica como humana. El Inspector tenía meridianamente claros los objetivos de su misión y la documentación que quería consultar, tanto técnica como económica y de ejecución presupuestaria. Estaba especialmente interesado en el detalle del avance de la obra y las desviaciones sobre lo planificado, pero, sobre todo, en la verificación in situ de todo lo anterior. Daba la impresión de concederle una credibilidad limitada a los papeles. De hecho, su única herramienta eran unos prismáticos.


  • ¿Unos prismáticos?


En ese momento se abrió la puerta del despacho del señor Loro y don José se quedó petrificado. Solo pudo a decir.


  • Un momento Argimiro.


 

CAPÍTULO 7: EL SOBRE


Tras el giro de la puerta, don José pudo reconocer la figura de un fraile vestido con el mismo hábito que usaban los de la congregación de franciscanos del Monasterio de Guadalupe. El fraile se le acercó en silencio mientras el Ingeniero dejaba el auricular del teléfono sobre la mesa. Se incorporó del sillón y dirigiéndose al segundo visitante inesperado del día.


  • Buenos días, padre. ¿Qué puedo hacer por usted?


  • Paz y bien.


  • Paz y bien padre.


Respondió don José de una forma precipitada, sin disimular su ansiedad por saber el motivo de su presencia en el despacho y justo en ese momento. E insistió.


  • ¿Qué puedo hacer por usted?


  • Por mí, nada. Por la santísima virgen de Guadalupe lo que le dicte su conciencia.


  • ¿Y qué o quién debe guiar mi conciencia según usted, Padre?


  • Usted ha demostrado sobradamente su rectitud y buen juicio. Seguro que sabrá seguir haciéndolo.


  • Le agradezco sus palabras, pero si tiene esa certeza, ¿Cuál es el motivo de su presencia esta mañana aquí?


El fraile sacó del limosnero de su hábito un sobre y alargó su brazo hasta ponerlo al alcance del Ingeniero.


  • Entregarle en mano este sobre. Contiene un manuscrito del puño y letra de nuestro Reverendísimo Padre Prior del Monasterio de Santa Maria de Guadalupe.


Don José sujetó el sobre entre sus manos e inició el gesto para abrirlo, pero el fraile le agarró fuertemente por el antebrazo impidiendo su movimiento.


  • No lo abra ahora.


  • ¿Y cuándo lo haré entonces?


  • No se preocupe por eso ahora. También su conciencia le guiará para revelarle el momento en que haya de hacerlo.


Don José miró el sobre fijamente durante unos segundos, como si con ello pudiera averiguar el mensaje contenido en él. Iba a hablarle nuevamente al fraile, pero al levantar la cabeza pudo ver como este ya salía del despacho dejando la puerta abierta. El Ingeniero se quedó en silencio, sin reaccionar, con el sobre entre sus manos y la mirada perdida en dirección aun a la puerta. Vio entonces cruzar por el pasillo al señor Loro que, al ver la puerta abierta se asomó al despacho encontrando a don José como ausente.


  • ¡Don José, don José! ¿Le pasa a usted algo?


El Ingeniero tardó aún unos segundos en reaccionar.


  • No Eugenio, no, estoy bien.


  • ¿Quiere que le traiga un café y una perrunilla? Le hará cuerpo.


  • Pues sí, Eugenio. En un ratito cuando tenga un hueco me lo trae.


  • Por cierto. ¿No ha pasado por aquí un fraile? Andaba un franciscano preguntando por usted en la plaza.


Don José inspiró para contestar, pero el señor Loro se adelantó sin esperar a su respuesta y, antes de salir y dejar nuevamente cerrada la puerta le dijo.


  • Recuerde: los frailes comienzan por donde otros acaban y cesan. Le voy a traer la perrunilla y el café doble. Veo que los va a necesitar.


  • Gracias Eugenio, tú y tus refranes.


Al hacerse el silencio en el despacho, Don José oyó los ruidos que provenían del teléfono que permanecía descolgado y se apresuró a ponérselo al oído.


  • Pep, Pep, por fin. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? Sólo he oído parte de la conversación del fraile. Espero que cuando se suba al púlpito no hable tan bajito.


  • Disculpa Argimiro. La verdad es que me ha impactado la presencia del franciscano así, de repente, sin avisar.


  • Ya sabes, Pep, no sabemos el día ni la hora. Y, sobre todo, hay que tener en cuenta, y en tu caso más, el refrán que te ha dicho el señor Loro. ¿O ha sido tu ayudante de campo?


Ambos soltaron una carcajada, hasta que el Ingeniero intervino.


  • Cuaresma Argimiro, cuaresma. El fraile simplemente me dijo que mi conciencia me avisaría de cuándo debo abrir el sobre que me ha entregado de parte del Prior del Monasterio de Guadalupe.


  • Amigo Sancho, con la iglesia hemos topado. Y lo malo es que mucho antes de lo que yo pensaba. No han pasado ni cuatro horas desde que te llamé esta mañana, en los días previos tu nombre no se ha manejado ni pronunciado y yo solo lo he conocido a las seis y cuarto cuando Fernando me ha pasado tu informe de conducta con el tiempo justo para leérmelo.


  • ¿Informe de conducta?


Contestó don José visiblemente alterado, justo en el momento en el que el señor Loro entraba en el despacho con el café y las perrunillas.


  • Gracias Eugenio.


El señor Loro, mirando fijamente al teléfono dijo.


  • ¡Cuidado! No se vaya a quemar con el café, que esas quemaduras, pasa el tiempo y no curan.


Don José reemprendió la conversación ya con la puerta cerrada.


  • Disculpa Argimiro. ¿Yo tengo un informe de conducta?


  • Afortunado tú. Si no tienes informe de conducta o no eres nadie o simplemente no eres. Y tú eres alguien notable, no lo dudes. Y creo que desde hoy vas a ir subiendo unos cuantos puntos de notoriedad.


  • Perdona la indiscreción, pero, ¿Hay algo relevante en mi informe o con lo que deba tener precaución?


  • Es un informe intachable.

 

  • Seguro que algo habrá. Y también seguro que conocías el dato de que yo sabía alemán ¿No?


  • Por supuesto que sabía lo de tu doctorado. Y en cuanto a tener alguna precaución. Déjame que recuerde. ¡Ah sí! El sacramento de la penitencia lo llevas con un cinco raspadillo. Te lo salva porque hace media con la limosna en lo que parece ser que eres una persona generosa. Y el fervor también lo tienes pillado por los pelos.


  • Tomo nota. Argimiro, ¿Tú abrirías el sobre?


  • Ni se te ocurra. A pesar de tu catolicismo de saldo, tienes un informe impecable y un acto así, antes o después, no pasaría sin dejar mácula. Su única herramienta eran unos prismáticos. ¿Y?


  • Disculpa. ¿Qué quieres decir?


  • Me dijiste que el Inspector tenía como única herramienta unos prismáticos.


  • Cierto. El primer día lo dedicamos a ir de mirador en mirador, de ermita en ermita y de risco en risco. Traía una lista de puntos geográficos previamente seleccionados y, para cada uno de ellos, los datos y referencias de su posición, altura, posibilidades de llegar en auto, distancia a recorrer andando y altura que se subía en ese recorrido. No he visto alguien con más energía. Los representantes del ministerio y de RENFE, sólo llegaron a los dos primeros, en el resto se quedaron junto al coche y, tras la comida en Guadalupe, decidieron aceptar la invitación del Prior para visitar en la sacristía las pinturas de Zurbarán.


  • ¿Y tú?


  • Le acompañé en todo momento. Tampoco tenía más alternativas.


  • ¿Y no fue muy penoso para ti?


  • Pensé que era la penitencia que debía cumplir por mi fe ramplona y la Virgen de Guadalupe me dio fuerzas para soportarlo.


  • Pep, te conozco hace sólo unas horas y tengo la sensación de que has sacado la capa y me empiezas a torear. Está última ha sido una media verónica muy ceñida a tu cadera.


  • Me vuelvo al callejón entonces. Desde cada punto de observación, el Ingeniero recorría con detalle el terreno primero a simple vista, y, finalmente, con los prismáticos. Llevaba una carpeta con planos del proyecto sobre los que tomaba notas. Se trataba de puntos cuidadosamente seleccionados y desde los que se alcanzaban a ver buena parte de las obras de la línea de ferrocarril.


  • ¿Y qué decían esas notas?


  • No lo sé. Eran letras y números sin un aparente orden ni significado. Seguramente se trataba de alguna codificación, desconocida para mí y que a él le proporcionaría la información que, de forma tan precisa, venía buscando. Yo por mi parte tomé nota de los puntos que visitamos y de lo más relevante que se podía divisar desde cada uno de ellos.


  • Y el francés ¿No hizo ningún comentario, no preguntó nada?


  • En alguna ocasión me pidió que le aclarara algún detalle concreto de algún plano, pero poca cosa.  Y comentar, también poca cosa. En el alto que hay cerca del Castaño del Abuelo le oí decir bajito sin dirigirse a mi: “Les robes ont besoin de fer, et le fer ne peut pas passer près des robes.”


  • ¡Pep! La media verónica. Que te va a pillar.


  • Perdona Argimiro: “Las ropas quieren hierro y el hierro no puede pasar cerca de las ropas”. Creo que esta vez la traducción no te aclarará mucho.


  • ¿Y algo más, algún comportamiento que te pareciera extraño?


  • Bueno. Volviendo a Logrosán ya casi con la puesta de sol, al pasar por Puertollano, pidió visitar Almansa.


  • ¡Pep! ¿Me quieres tomar el pelo?

 


 

CAPÍTULO 8: EL PASEO


  • Disculpa Argimiro. No era mi intención, pero ya veo que la coincidencia de nombres puede causar confusión. Puertollano, en este caso, no hace referencia al industrioso municipio de la provincia de Ciudad Real, sino a la zona donde se une la carretera de Cañamero a Guadalupe con la que llega hasta Navalvillar de Pela ya en la provincia de Badajoz. Además, Puertollano es también el nombre que, en la misma zona, adopta una falla tectónica que es uno de los problemas que presenta el trazado de nuestro ferrocarril, pero de eso supongo que tendremos ocasión de hablar.


  • Ya veo. ¿Y Almansa?


  • Pues algo parecido. Por supuesto no hablamos del municipio albaceteño, sino de una finca que está situada en el cuadrilátero formado por los municipios de Guadalupe, Alía, Castilblanco y Valdecaballeros y que, a día de hoy, cuenta con un complejo agrícola e industrial promovido por don Eusebio González.


  • Ese nombre me suena.


  • No me extraña. Ese sí que era un hombre ejemplar y relevante.


  • Pep. ¿Has dicho era?


  • Sí Argimiro. Don Eusebio falleció hace pocos meses, justo a finales del año pasado. Una pérdida lamentable y que toda la zona lo mismo que en su tierra natal. El era de Puerto de Béjar. 


  • Descanse en paz don Eusebio. ¿Y por qué quería el Inspector ir hasta Almansa?


  • Creo que responder a esa pregunta va a necesitar hilvanar un conjunto de datos dispersos de los que tendría que ponerte en antecedentes.


  • ¿A qué te refieres, Pep?


  • Te cuento. A pesar lo avanzado de la tarde, aún quedaba luz del día para suficiente para poder alcanzar a ver el horizonte con cierta nitidez. El conductor nos advirtió de las dificultades del camino y más según fuera cayendo la noche y que no veía prudente ir hasta el poblado. Ante esa negativa, el Inspector desistió de su primera intención. Me preguntó que si tenía prisa por algún motivo o había alguien esperándome.  Le contesté que no, que me hospedaba en la fonda y que el compromiso más urgente que tenía era el de descansar para estar fresco el día siguiente. Me pidió entonces que nos fuéramos dando un paseo por la carretera de Navalvillar de Pela hasta el cruce con el camino vecinal que lleva hasta Valdecaballeros. Le dije que era para mí un placer y un honor esa invitación. Estimé que los casi cinco kilómetros que separan el cruce de Puertollano de el de Valdecaballeros nos llevaría alrededor de una hora recorrerlo y llegaríamos ya con la noche prácticamente cerrada. Di instrucciones al conductor para que nos recogiera e iniciamos a buen paso el paseo. Entonces ocurrió algo inesperado.


  • Qué, Pep, qué. Me tienes permanentemente en ascuas.


  • El Inspector tomó la palabra y en perfecto español me dijo que su nombre era Bastianne y que, por favor, cuando estuviéramos solos le llamara por ese nombre. Yo le dije que, por mi origen valenciano, me solían llamar Pep y que también lo usara. Al comprobar mi sorpresa por usar el español se vio en la obligación de darme una explicación. Me dijo: “Amigo Pep, no tengo nada más que palabras de agradecimiento a tu persona desde el primer momento que pisé Logrosán. Pero esta bendita y a la vez lejana tierra no me es extraña, aunque nunca antes la visité”. Yo iba a preguntarle por la razón por la que había usado el francés desde que llegó a Logrosán, pero él se adelantó diciéndome que el idioma oficial de la misión del Banco Mundial es el inglés o el francés y que personalmente se siente más protegido con la barrera del idioma interpuesta entre las autoridades y notables del lugar.


  • Pero. ¿Y el teatro de la profesora de francés traduciendo a destajo que casi le cuesta la vida?


  • Con otras palabras, eso mismo le pregunté yo.


  • ¿Y?  


  • Simplemente dijo que las tomas de posición hay que llevarlas hasta el final con todas sus consecuencias. Pero lo del uso del francés era sólo el aperitivo. Bastianne nació en 1915 en un pueblecito llamado Saint-Antonin-Noble-Val situado en la región de Mediodía-Pirineos a unos 100 kilómetros al norte de Toulouse.


  • Un momento Pep. Estamos en contacto desde esta mañana a primera hora repasando la historia del ferrocarril de Talavera a Villanueva pasando por Logrosán, es casi el ángelus y ya vamos por Toulouse, a este ritmo, para las vísperas estamos entrando en París. Continúa, por favor, pero dime antes que todo esto acaba en algún lugar entre la Meseta Meridional y Sierra Morena.


  • Ten paciencia Argimiro, ya verás que sí acaba más cerca de lo que tú esperas. Pues bien, Bastianne tuvo de niño una enfermedad rara que él evitó desvelarme. Vivía con sus padres en su pueblo natal y, desde los diez años, cada verano se desplazaban a Toulouse para allí tomar el tren hasta el santuario de Nuestra Señora de Lourdes y pasaban en ese lugar nueve días tomado las aguas y haciendo el novenario a la Virgen. El verano que cumplió quince años coincidió, primero en el tren y luego en el albergue, con una jovencita de su misma edad que viajaba acompañada de sus padres. La jovencita se llamaba Guadalupe y te puedes imaginar de donde procedía.


  • Vale, veo que has introducido la palabra Guadalupe dos veces, pero sigues en el Pirineo.


  • Contra ira, paciencia. Sigo. Guadalupe tenía dos años menos y un mal similar al de Bastianne, vivía con sus padres en la finca de Almansa. Su madre era científica del grupo que don Eusebio había convencido para las investigaciones agroalimentarias que se llevaban a cabo en la finca.


  • Desde el primer año los chiquillos se gustaron y pasaban juntos tanto como sus padres les permitían.


  • ¿Cuántos años se estuvieron viendo?


  • Cinco más.


  • ¿Y qué pasó?



 

CAPÍTULO 9: LA PARADOJA

 

 

  • Los días en Lourdes pasaban rápidamente. Por las mañanas acudían a primera hora al mismo doctor especialista en los males que les aquejaban. Los padres de Bastianne coincidían en apreciar más los tratamientos individualizados de este médico que en la acción divina de la Virgen; pero el fervor que veían entorno a la imagen de Nuestra Señora les arrastraba a encomendarse también a ella y cumplir con los ritos que les harían ser merecedores del alivio de los males de su hija. En cambio, los padres de Guadalupe discrepaban en esta apreciación. La madre, probablemente por su condición de científica, se regía siempre por esquemas racionales y su devoción alcanzaba solamente hasta conseguir que su religiosidad fuera socialmente aceptable. Sin embargo, el padre, de pasado seminarista y que estuvo a punto de cantar misa, era devoto de la Virgen de Guadalupe y consideraba las diferentes advocaciones de la Virgen, como diferentes puertas por las que acceder a un mismo cielo. El cariño y el respeto que se profesaban mutuamente hacían compatibles estas dos visiones.


  • Pep, me sorprende lo que os dio de sí el paseo y la cantidad de información que retienes un año después.


  • Sigo, Argimiro, antes de que se me olvide. Después de la consulta del médico, daban un paseo los seis juntos y al ángelus visitaban a la Virgen para hacer el novenario que el padre de Guadalupe rezaba con gran devoción. Tal era su fervor que terminaba atrayendo a otros fieles que formaban un corro en torno a las dos familias. Volvían al albergue para comer y los niños, cada año menos niños, se quedaban solos por los alrededores hasta la hora de comer. Desde el primer verano se establecieron vínculos, no solamente de atracción entre los críos, sino también de amistad entre los padres. El padre de Bastianne trabajaba en el desarrollo de combustibles para la aviación en Toulouse y siempre tenía alguna polémica técnico-científica con la madre de Guadalupe. Se entendían bien en francés y a veces pasaban tardes enteras desmenuzando átomos de carbono y de nitrógeno. Por su lado, el padre de Guadalupe y la madre de Bastianne estaban más pendientes de los niños, jugaban con ellos a adivinar palabras en el otro idioma, ambos eran unos enamorados de los trenes y, con frecuencia, iban a la estación a verlos. Mantuvieron una relación epistolar durante bastantes años. Guadalupe y Bastianne rápidamente aprendieron francés y español respectivamente. Durante el primer año las cartas cruzadas entre los padres incluían unas reseñas de los niños, pero, a partir del segundo verano, estos mantuvieron su propia relación por correspondencia.


  • Una bonita historia de relaciones familiares y de amor temprano, pero, ... ¿Cómo saltamos de aquí a nuestro ferrocarril?


  • Ahora saltamos, Argimiro, ahora saltamos. Guadalupe estaba impresionada con la estación de trenes de Lourdes y empezó a pensar que la Virgen de Guadalupe debía tener también una semejante que facilitara a los devotos ir a rezar a su Virgen. A ella le daba pánico ver a los vehículos circular al borde de los precipicios cruzando los Guadarranques o subiendo la cuesta de Puertollano. antes del segundo verano, en 1931, el avance de las obras del ferrocarril que pasaba por Guadalupe era ya una realidad, al menos en algunos tramos. Pero la niña siempre oía comentar a su padre que sería imposible construir un ferrocarril que uniera El Puerto de San Vicente con Guadalupe. Él era natural de Alía y conocía palmo a palmo aquellos riscos. A pesar de su devoción por la Virgen de Guadalupe, en privado sostenía que hacer ese tramo de ferrocarril costaría más vidas que las que los milagros de la Virgen morena salvaría en un siglo.


  • Empiezo a ver por dónde viene la cosa, pero me falta todavía algo. Creo, Pep, que empiezas a disfrutar dosificándome la información para mantenerme en tensión. A pesar de todo, continúa.


  • Por supuesto, el padre de Guadalupe se reservaba su opinión fuera de casa. El apoyo incondicional y hasta activo de la comunidad franciscana del monasterio de Guadalupe era de sobras conocido y se había oficializado en la decisiva reunión celebrada en el ayuntamiento de Logrosán hacía ya cinco o seis años. En aquellos tiempos era una temeridad cuestionar el paso del tren por Guadalupe. Cuando llegaba la primavera a la finca de Almansa, a la joven Guadalupe y a sus padres les gustaba sentarse en un montículo cercano desde donde se veían las aguas del río Guadalupejo brillar hasta casi perderse en el Guadiana y se abría un enorme llano que dejaba ver hacia el oeste hasta el alto de San Simón. En esas tardes empezaban a degustar los días que a finales de junio compartirían en Lourdes con Bastianne y sus padres.


  • Ánimo, Pep, ya estamos cerca, acelera que empiezo a tener hambre.


  • No me pongas nervioso que se me escaparán los detalles. Sigo. El padre de Guadalupe cada tarde cerraba aquellas charlas familiares con una frase que él decía en español y la niña repetía en francés.


  • ¿Cuál era esa frase?


  • Si las túnicas quieren tener ferrocarril, el ferrocarril no podrá pasar por las túnicas.


  • ¿Y en francés?


  • Pero si tú no sabes francés.


  • Tu haz como si lo supiera.


  • Si les tuniques veulent avoir un chemin de fer, le chemin de fer ne pourra pas passer par les tuniques.


  • Pero esta frase se parece mucho a la que dijo el Inspector cerca del castaño del abuelo.


  • Veo que estás atento y que además tienes buena memoria. Efectivamente, la esencia de la frase es la misma. La versión del castaño es la que usaban si había gente delante.


  • Ahora entiendo Pep. Pero esa frase encierra una paradoja imposible. Si el tren tiene que pasar, no puede pasar. Y si no pasa pues eso, no pasa. ¿Cómo arreglamos esto?


  • Relativamente sencillo, Argimiro. Primero hay que matizar entre pasar y llegar. Es claro que el tren no puede pasar por Guadalupe, pero podría llegar. En la vida, la mayoría de las veces no se presenta la elección entre lo malo y lo bueno, sino entre lo malo y lo peor.


  • Pep, no te me pongas filosófico.


  • Nada de filosofía, Argimiro, es todo tangible. Lo bueno sería que el tren pasara por Guadalupe, pero esa es la paradoja imposible. Lo malo es que el tren no pase, pero que llegue.


  • ¿Y lo peor?


  • Lo que está a punto de ocurrir, que nadie tenga tren nunca más entre Calera y Chozas y Villanueva de la Serena.


  • Tienes toda la razón, Pep. Pero, volviendo al inspector. ¿Como entra el Bastianne joven en la historia del ferrocarril? Porque estoy seguro de que entra.


  • Claro Argimiro. Pero déjame decirte que en ese momento llegamos al cruce de Valdecaballeros y allí estaba esperándonos el conductor con el coche. Entonces Bastianne me pidió que le confirmara que por la dirección contraria a Valdecaballeros íbamos hacia la estación de Cañamero. Le dije que sí, que había primero una recta larga a partir del cruce en el que estábamos y desde allí se podía ya ver casi la estación. Me dijo que prefería seguir andando hasta el final de la recta. Se lo dije al conductor, que no puso muy buena cara, y más cuando le pedí que esta vez nos siguiera de cerca, era noche cerrada y no era muy aconsejable andar por aquella zona sin una mínima cobertura de seguridad ante las alimañas de dos y de cuatro patas.


  • A estas alturas estoy totalmente fascinado con la historia que me estás contando y son multitud las preguntas que se me agolpan haciendo cola para hacértelas, pero no quiero interrumpirte a cada momento. Sin embargo, Es ya casi la hora de comer, y los dos llevamos una buena jornada, sobre todo tú. Creo que es el momento de hacer un descanso, comer, despejarnos un poco y, si te parece, nos hablamos nuevamente a las cuatro de la tarde.


  • De acuerdo, Argimiro, a tus órdenes. A las cuatro estaré esperando tu llamada.

 


 


 

CAPÍTULO 10: EL PROYECTO

 

 

Ambos colgaron el teléfono simultáneamente. Al momento apareció el señor Loro que entraba abriendo la puerta del despacho con la espalda lentamente para después girarse. Entonces pudo ver Don José que el dueño de la posada portaba en sus manos una bandeja que aparentaba contener un menú completo.


  • Joder Eugenio, ni que estuvieras mirando por un agujerito.


  • En todo caso, sería escuchando, pero, … ¿Qué le hace suponer que no lo estaba haciendo?


  • Tú y tu salero de Logrosán. Lo que te gusta explorar los límites.


  • Y usted, ¿Es que ahora hace uso del lenguaje cuartelero?


  • ¿Lo dices por el joder que se me ha escapado?


  • Lo digo porque tenga cuidado con las nuevas compañías. Y sepa que escucho el mínimo imprescindible para poder cuidar de usted. Pero no, no estaba escuchando.


  • Más vale. Ya soy mayorcito.


  • Cierto, pero aquí usted es como un istmo.


  • ¿Qué quiere decir, Eugenio?


  • Que usted está rodeado de enemigos por todas partes menos por una, que soy yo. En ese afán de cuidarle, yo estaba atento al sonido que hace el teléfono de la escalera cuando se cuelga el de dentro. Suponía que le apetecería comer en el mismo despacho y, cuando ha sonado, tenía esperando su comida caliente junto a la lumbre y me he permitido entrar con la bandeja.

 

  • Le agradezco su iniciativa, pero preferiría comer en el comedor de fuera.

 

  • Ya le digo yo que usted no va a querer comer fuera, lo que ocurre es que aún no lo sabe.

 

  • ¡Eugenio! Le ruego que me tome en serio y no me lie con adivinanzas.

 

Dijo el Ingeniero, enfatizando el tratamiento de usted que nunca usaba con el señor Loro y elevando el tono de voz.

 

  • Don José, el comedor está de bote en bote, ya sabe, la bula. Pero eso no sería un problema tratándose de usted. La cosa se complica si le digo que, del mismo manojo de espárragos del que han salido los de su tortilla de tres huevos, están saliendo ahora los que se van a comer don Alfredo y un afamado periodista de Badajoz.

 

  • Que rebuscado eres Eugenio, pero tienes razón, como siempre, tienes razón. Está claro que no quiero comer en el comedor de fuera. A ver. ¿Qué tenemos de menú?

 

  • El señor Loro fue colocando sobre la mesa todo lo que traía en la bandeja e, ignorando la pregunta del señor Loro, dijo.

 

  • ¿Ya se lo ha contado?

 

  • ¿A qué te refieres, Eugenio?

 

  • Don José, conmigo no tiene que disimular, yo juego en su equipo, visto una camiseta del mismo color que la suya y le doy puntapiés a la pelota en la misma dirección que usted. Pero coma, coma la tortilla que se le va a enfriar.


  • Ya he comenzado a contárselo, creo que ya ve por donde va la cosa, pero aún no ha escuchado la traca final. ¿Y qué hace don Alfredo aquí?

 

  • Don José, yo resuelvo crucigramas y adivino pensamientos, pero, resolver misterios que soportan dogmas, como el de la Santísima Trinidad, me cuesta un poco más.

 

  • Don Alfredo me dijo esta mañana que tenía que llegar a comer a Portugal.

  • Pues mintió, ha cambiado de planes o alguien ha movido la raya Portugal que ahora debe de pasar por Cañamero.

 

  • ¿Y el periodista?

 

  • Ha venido más veces por aquí. Es de los que no va a donde está la noticia, sino que la noticia surge donde él está.

 

  • ¿Y qué ha dicho el Coronel de la presencia de don Alfredo esta mañana en el despacho?

 

  • Yo al Coronel no le he mencionado nada de don Alfredo.

 

El señor Loro movió la cabeza negando y cambió la conversación.

 

  • Don José, permítame que le aconseje. Acábese el puré de patatas y súbase a su cuarto a dar una cabezadita, creo que le va a hacer falta estar lúcido esta tarde. No se preocupe por la hora, yo subiré a las cuatro menos diez para avisarle.

  • Le haré caso Eugenio. Pero que sepa que yo no le había dicho que reemprendería la conferencia a las cuatro.

 

A las cuatro menos diez el señor Loro llamaba a la puerta de la habitación de don José que, en ese momento, ya salía con el pelo aún mojado. Ambos se dirigieron hacia la escalera.

 

  • Gracias Eugenio. ¿Hay moros en la costa?


  • Vía libre. Pero el objetivo de "los moros" ya se ha cumplido.

 

  • ¿Qué quieres decir?

 

  • Que esos moros que dice sólo querían asegurarse de que usted se enteraba de su presencia aquí.

  • Pero si yo me entero, don Alfredo quedará fatal. Me dijo claramente que tenía que estar en Portugal a comer.

 

  • ¡Ay! Don José don José. Dicen los porteños que tanto se puede hablar con la boca como con el orto.

  • No lo entiendo Eugenio.

 

  • Yo estuve doce años oyendo hablar ese idioma y aprendí a entenderlo. El único mensaje que don Alfredo quería transmitirle hace un rato es: entérate bien Ingeniero, mi orto está en esta silla de la Fonda Loro de Logrosán y no en Portugal como te dije. Y en la silla de enfrente se aposenta el orto del periodista más tocanarices de toda Extremadura.

 

Y forzando un genuino acento argentino, el señor Loro concluyó cuando ya llegaban a la puerta del despacho.

  • Tenedlo en cuenta pibe.

 

Don José, entró en el despacho, cerró la puerta por dentro, se encaminaba hacia la mesa y el teléfono comenzó a sonar. Colocó el auricular para escucharlo con comodidad y oyó una voz de mujer.

 

  • Un momento, aguarde a que le hable el Coronel.

 

Tuvo que esperar un par de minutos en los que se quedó atrapado, girando como una noria, en la presencia nuevamente inesperada de don Alfredo en la fonda. Y dando vueltas siguió hasta que por fin reconoció la voz al otro lado de la línea.

 

  • Buenas tardes, Pep. Disculpa, pero he tenido que dar novedades a Fernando antes de ponerme otra vez al teléfono. Rufino había vuelto a preguntar que cómo había ido la mañana con lo nuestro.


  • ¿Y cómo ha ido la mañana?

  • Le he dicho a Fernando que ahora sí que estaba completamente seguro de que teníamos a nuestro lado, no a la persona adecuada, sino a la persona clave para lo que andamos persiguiendo y que le transmitiera a Rufino que, en sólo unas horas, habíamos hecho grandes avances.

  • Pero …

 

  • Me ibas a contar cómo se implicaba el joven Bastianne en nuestro tren.

 

  • Cierto Argimiro. Prosigo. La idea de una ruta alternativa al sur de Almansa fue madurando en la familia. En cada recorrido que hacían con cualquier motivo por la zona, no solamente fantaseaban imaginando cómo los trenes cruzarían montañas, ríos y llanos, sino que se divertían haciendo los papeles de maquinista, revisor, guardagujas, factor y hasta jefe de estación tal como los veían desenvolverse en los viajes hasta Lourdes. Toda esta ilusión por el ferrocarril se trasladó a los veranos en Lourdes y empezó a formar parte del día a día durante las estancias en la ciudad francesa. Bastianne, a través de las palabras de Guadalupe, tanto en los días que compartían en Lourdes, como en las interminables cartas que se cruzaban el resto del año, se fue impregnando de esa ilusión que también alcanzó a sus padres. Tanto caló en la familia francesa todo lo relacionado con el ferrocarril de Almansa que, en el cuarto verano en Lourdes, en 1933, los padres de Bastianne anunciaron que su hijo comenzaría a final de verano en Toulouse estudios de ingeniería civil encaminados, no a la industria de la aviación como le hubiera gustado a su padre, sino a la construcción de líneas férreas. Guadalupe, a pesar de que su fe se había estancado como ya le pasó a su madre, celebró la noticia haciendo ese verano una novena a la Virgen de Guadalupe en acción de gracias por la decisión sobre los estudios de Bastianne. Además, hacía que Bastianne, cuya devoción le daba lo justo para ir por la mañana a la del ángelus, la acompañara e incluso que fuera él quien leyera las oraciones. Bastianne por su parte, reprochaba a Guadalupe el contrasentido de rezar a la Virgen de Guadalupe en el santuario de la de Lourdes. Ella lo resolvía diciéndole que allá en el cielo entre ellas se entenderían y que la acción de gracias seguro que se consideraba cumplida. 

 

  • Ahora, Pep, ahora sí que ya estamos llegando a la estación término.

 

  • A la estación término no, Argimiro, pero sí llegamos el Inspector y yo al punto al final de la recta desde donde se divisaba el apeadero de Cañamero. Con la oscuridad de la noche, la vista se reducía a unas débiles luces a lo lejos que dejaban adivinar el contorno de un par de edificios. El Inspector pareció emitir una expresión de desencanto. Le aclaré que, a lo largo de este trayecto, había mal llamadas estaciones que, en realidad, eran meros puntos de cruce de trenes necesarios al tratarse de un trazado con una única vía y que, aunque posible, no estaba prevista la subida y bajada de viajeros en ellos. El inspector hizo un gesto como diciendo: a tu padre le vas a enseñar a tener hijos.

 

  • Disculpa Pep. ¿Qué quieres decir con esa frase? ¿Que él ya sabía la función de estos apeaderos?

 

  • Eso es. Disculpa tú, Argimiro. Creo que empiezo a asimilar demasiadas cosas de esta gente de Logrosán.

 

  • Disculpado Pep. Continúa.

 

  • A la vuelta de ese verano del 33, la actividad ferroviaria de la familia se incrementó. Las excursiones por todo el recorrido se extendieron hasta llegar en alguna ocasión incluso a Villanueva y a Calera y Chozas. Pero, sobre todo, se incrementó en la zona por la que, según ellos, habría de discurrir una alternativa viable al proyecto oficial. Poco a poco fueron aprendiendo y estimaban distancias con precisión, identificaban dificultades orográficas, proponían soluciones y tomaban notas en cuartillas. Esas notas se las hacía llegar Guadalupe en sus cartas a Bastianne. Con la llegada de la República las obras se ralentizaron, pero ellos no se desanimaron por ello. Continuaron, si cabe, con mayor empeño, incrementado conforme se producía el avance de Bastianne en sus estudios y podía darles información. En el verano de 1935 tenían un documento que recopilaba multitud de detalles y propuestas. Los niños se habían hecho un hombre y una mujer, sus males estaban casi curados y ese verano lo dedicaron a preparar el que habría sido el primer viaje de Bastianne a Almansa en el verano del 36. Vivieron intensamente la espera mientras aún resolvían detalles del proyecto.

 

  • ¿Y entonces?

 

  • Entonces Argimiro, el Inspector, con la mirada perdida en dirección a la estación de Cañamero, rompió a llorar.

 


 

CAPÍTULO 11: LAS TARJETAS

 

 

  • Por primera vez le llamé por su nombre, Bastianne. Entendía que al dejarme presenciar un acto tan íntimo como llorar, me estaba dando acceso a otro nivel de relación. Pero tras pronunciar su nombre se me atravesó un nudo en la garganta. Comprendí que lo que se había interpuesto entre los dos jóvenes y sus ilusiones y entre los dos jóvenes entre sí era la guerra. Cada año, desde el primer encuentro casual, sus padres habían encontrado más y más dificultades para organizar los desplazamientos. Al final, salvando dificultades, lo conseguían, a veces con notable esfuerzo, riesgo y coste económico, lo que obligaba a otras renuncias durante el resto del año con tal de conseguir el objetivo tan deseado de viajar cada año a Lourdes. Sin embargo, aquel 1936 habría sido una temeridad atreverse ni tan siquiera a intentarlo. Las últimas cartas, antes de la renuncia a ir ese año, ya derrochaban un pesimismo que por primera vez aparecía en una relación que hasta entonces parecía extraída de un cuento de hadas.

 

  • ⁠Pep, España necesitaba un golpe de timón, la intervención era necesaria e inevitable y cuando….

 

  • ⁠Perdona Argimiro, cuando esta mañana a primera hora me he puesto sin dudarlo a tus órdenes, no ha sido porque profese una adhesión inquebrantable al cau…, a Rufino. Estoy a tus órdenes porque quiero ir más allá de las ideologías utópicas que desde uno y otro lado llaman habitualmente a la siempre entreabierta puerta de los sentimientos, incluso de aquellos que habitan en las proximidades de las más bajas pasiones. Estoy a tus órdenes a pesar de no tener ninguna razón objetiva para ello. Estoy a tus órdenes porque, algo, que no sabría describir y que, desde luego, no tiene nada que ver con la ortodoxia racional, ha captado señales que inequívocamente me han impulsado inmediatamente a colaborar contigo. A partir de ahí, y sin pecar por falsa inmodestia, he puesto todo el arsenal de mis conocimientos, de mi empuje y mis ganas de hacer las cosas y hasta de mi ilusión al servicio de lo que me pidas que, para mí, es como ponerlo al servicio de esta España de 1962 que tan necesitada de ayuda está y donde no debería sobrar nadie. Espero sinceramente que tu acción sea un camino recto para ayudar a encontrar soluciones, incluso más allá de mis estrictas conveniencias personales, y no a encontrar culpables desconocidos sobre los que descargar nuestras frustraciones.

  • ⁠Amen Pep.

  • ⁠Si crees que debes dar parte a alguien de lo que te acabo de decir, que es exactamente lo que pienso, no hace falta que gastes en conferencias ni en telegramas, me lo dices y yo me voy por mi propio pie al cuartelillo y te doy el texto que lo describe para que lo metas en mi informe de conducta.

 

  • No haré tal cosa Pep. Eres un bien escaso. El problema de esta España de 1962 a la que hacías referencia es que es fácil encontrar muchos Argimiros pero tienes que recorrer muchas leguas para encontrar un Pep. No seré yo el que haga más escaso lo ya escaso.

 

  • Sé, Argimiro, que soy un privilegiado por haber tenido acceso a una formación de la que la gran mayoría carece, es el mejor patrimonio que te pueden dejar unos padres y doy gracias por ello; por esa razón mi obligación, mi esfuerzo y mi compromiso deben ser mayores y en ello estoy.

 

  • Gracias Pep, ahora eres tú el que casi me haces llorar a mi.

 

  • Pues guárdate esas lagrimas para los duelos. ¿Dónde habíamos dejado al inspector Bastianne?

 

  • ⁠Eso digo yo.

 

  • Tras varios minutos, Bastianne consiguió reprimir el llanto y cuando por fin se recuperó, todavía con la voz temblorosa y apuntando hacia abajo con el dedo índice de la mano derecha, dijo que ese era el punto donde se habría de ubicar la estación de Guadalupe. Por un instante creí que la pena y las lágrimas le habían ofuscado hasta confundirse en una geografía que le era desconocida y más aún de noche. Pero él agregó que sabía que la distancia a Guadalupe era de trece kilómetros en línea recta, quince por el trazado ya construido según el proyecto actual utilizando el viaducto y unos veinte por la carretera C-401 serpenteando por toda la ladera.

 

  • Entiendo que toda esa información es correcta, pero. ¿A dónde quería llegar el Inspector?

 

  • Perdona la broma Argimiro, pero a la hora que era, el relente que empezaba a entumecer las manos y el conductor que acababa de amenazar por tercera vez con dejarnos pasar la noche allí, Bastianne y yo sólo queríamos llegar a la Fonda Loro. Montamos en el coche y emprendimos la vuelta por el camino vecinal hasta la C-401 en las inmediaciones de Cañamero y desde el cruce hasta Logrosán sin cruzar una palabra. El conductor, con cara de pocos amigos, no nos dio opción y su despedida fue un "mañana a las ocho en la puerta, es lo convenido".

 

  • ¿Y ahí acabó el día?

 

  • Aún quedaba día, Argimiro, aún quedaba. El señor Loro estaba en la puerta haciendo gestos de alivio. Llegada la noche se había empezado a preocupar por nosotros y más, cuando al llegar el resto de la expedición no le dieron noticias de nuestro paradero. El dueño de la fonda había parado a todos los vehículos que pasaron por la puerta en dirección a Guadalupe pidiéndoles que le llamaran al teléfono dos de Logrosán con cualquier noticia nuestra que averiguaran, que él pagaba la conferencia. Pero no obtuvo rastro alguno y se encaminaba ya al cuartel de la Guardia Civil para informar de la situación.

 

  • ¿Y el resto de la expedición?

 

  • Habían pedido la cena en la fonda al llegar y se habían ido al casino de sociedad. A la postre mejor, así pudimos continuar hablando mientras cenábamos una sopa de ajo, unos huevos al plato y una leche migá con los que pudimos recuperarnos del desgaste del día. El comedor no estaba muy concurrido y el señor Loro había cruzado un biombo en la parte más alejada de la entrada del comedor de forma que el Inspector y yo no estuviéramos al alcance de la vista del resto de comensales y pudiéramos hablar con tranquilidad. En todo caso, por precaución, durante esa cena usamos el francés para evitar oídos indiscretos.

 

  • Adelante Pep, espero esa continuación, en español, por supuesto.

 

  • La última carta de Guadalupe le llegó a Bastianne a la casa de sus pares en Toulouse a finales de mayo de 1936 y su contenido era premonitorio. Enviaba unas cuartillas con las últimas notas con los detalles del trazado de la variante sur. Se trataba del punto en el que la variante se unía a la línea proyectada y que era justo la zona que Bastianne señalaba con su dedo cuando rompió a llorar. Por allí continuaría la línea principal hacia Logrosán y Villanueva y desde allí, haciendo uso del trazado ya construido, saldría el ramal que llegaría a la estación también ya construida de Guadalupe tras pasar por el viaducto y el túnel final. Pero lo más sorprendente es que, en el mismo sobre, junto a la carta y a las cuartillas con los detalles de la línea, incluía una tarjeta Postal con la imagen de La Virgen de Guadalupe. En la carta le pedía que el hiciera lo recíproco, que le enviara una postal de la Virgen de Lourdes. Proponía que, en el caso de que perdieran el contacto, cuando se dieran las circunstancias para poder retomarlo, hicieran uso de esas postales para comunicarse el uno con el otro, así sabrían que se seguían esperando. Cada uno daría las instrucciones oportunas según la situación para hacer posible el reencuentro. Bastianne hizo lo indicado por Guadalupe y esa fue la última carta que le envió. A partir de ahí y dada la situación de España, suspendió los envíos por si estos pudieran comprometer de alguna forma a Guadalupe o a sus Padres y ya nunca más volvieron a saber de sus respectivos paraderos.

  • ¿Y desde entonces no han hecho uso de las tarjetas postales?

 


 

CAPÍTULO 12: LA DOCUMENTACIÓN

 

  • Ahora te contesto Argimiro. Te diré antes que todos los intentos por parte de Bastianne para conseguir noticias de Guadalupe fueron estériles. La escasa información hablaba de la alternancia del frente en la zona de Guadalupe-Alía y que ese frente solamente se estabilizó en los últimos meses de la guerra. Pero ninguna noticia concreta de su estado o paradero ni tampoco de sus padres. Cuando finalmente le llegaron noticias fiables del final de la guerra en España, Bastianne empezó a preparar un viaje hasta Almansa para tratar de localizar a Guadalupe o al menos encontrar algún rastro que le permitiera mantener la esperanza. En ello estaba, cuando Francia se vio sorprendida por la ocupación nazi. La enérgica respuesta de la ciudad de Toulouse frente al invasor hizo de la zona un foco de conflictos y, a partir de entonces, el reto de cada día pasó a ser simplemente llegar al día siguiente. Inevitablemente, esta situación frustró sus planes de viajar a España. A pesar de todo, la carrera de Bastianne como ingeniero en los ferrocarriles parecía no tener techo y, con los años de experiencia, su prestigio crecía encadenando ascensos que finalmente supusieron su marcha a París en 1946, una vez liberada Francia. Bastianne entendió que buscar a Guadalupe en la zona podría poner a la familia en una situación comprometida, pero nunca la olvidó y podría decirse que renunció a una relación estable con ninguna otra mujer. Pero la ausencia de Guadalupe le estaba haciendo caer en una melancolía que empezaba a resultar preocupante. Una vez instalado en París, se prometió a sí mismo apartarla de su pensamiento en el día a día y evitar así que su recuerdo le terminara destruyendo como persona y arruinando su, ya por entonces, brillante carrera profesional. Fue en 1947 cuando Bastianne volvió a Lourdes y fue entonces cuando depositó allí la tarjeta de la Virgen de Guadalupe que ella le envió en la última carta, justo antes de comenzar la guerra en España. No consiguió que los padres Lazaristas, al cuidado del santuario, se comprometieran a contactar con él si alguien preguntaba por la tarjeta de la Virgen de Guadalupe, pero sí que le permitieran que se quedara expuesta en el lugar que los devotos y peregrinos dejaban sus ofrendas y plegarias. También le aseguraron que tomarían nota y se lo comunicarían cada vez que fuera otra vez por allí. En junio del año siguiente volvió a Lourdes, esta vez ya junto con sus padres y así cada mes de junio, siempre con la esperanza íntima de ver aparecer a Guadalupe con los suyos a la hora del ángelus en la Basílica o al menos de tener alguna noticia a través de los lazaristas, pero nada de eso ocurrió. A principios de 1958, con sólo una diferencia de dos meses, fallecieron sus padres. Bastianne sacó fuerzas y fue ese junio por última vez a Lourdes donde, ya casi sin esperanza alguna, comprobó por última vez que su tarjeta no había tenido respuesta. Desde allí emprendió viaje a España. Fue en tren a Madrid y de Madrid a Cáceres. A través de unos conocidos en la zona, pudo contar con un vehículo con conductor que conocía la zona. Desde Cáceres llegó a ir a Logrosán y comenz